domingo, 10 de agosto de 2008

El vecino de lamari


- Y se suicidó, tío, se mató. Como lo oyes. Se encaramó al balcón de su octavo piso y se tiró. Me lo contó lamari esta mañana, que era vecino suyo. Su mujer y sus hijas están destrozadas, imagínate. La mayor no tiene ni doce años y la pequeña, seis. No entiendo nada, con cuarenta años, tronco, con media vida por delante. Tenía además un buen trabajo, era un abogado de estos que manejan, ganaba una pasta, vivía en un barrio bien, que tú ya sabes que la casa de lamari es de pelas, su familia era la típica de anuncio, feliz y unida, con perro lassie, incluido en el lote. No entiendo por qué se ha suicidado si lo tenía todo. Muchos pagaríamos por tener la mitad de su felicidad.

- Precisamente se mató porque no era feliz. Es muy duro levantarse un día y descubrir de golpe que tu vida no tiene sentido. Mirar a tu alredeor, ver que lo tienes todo: una casa en pleno centro, una mujer hermosa que te quiere, unos hijos adorables, un perro sin pulgas, una nómina llena de ceros, un chalet en la playa...y sentir a la vez, que no tienes nada. Hay cosas que se compran con dinero pero hay otras que no están a la venta como son los sueños, las ilusiones, el poder mirarse al espejo y decir: "¿qué se debe?". Vivir, en definitiva. Y esos son los peores suicidas, los que se dan cuenta que han estado muertos toda su vida. A esos no hay dios que los convenza.
Y más a los 40, que es una edad crítica. Con 20, si tu vida no te gusta, puedes rectificarla, con 30 aún hay esperanza, los hay que dejan su trabajo porque no les llena, porque no es lo que quieren para sus vida y se lanzan a la aventura en busca de sus sueños. Y cambian el despacho y las reuniones por el tendido de un circo y los malabares o la maleta de ejecutivo por la brocha y el caballete. Y se pasan por el forro la hipoteca, qué demonios. Ya que nos va a tocar a todos pasar por el aro, malvivir en pisos de 30 metros cuadrados, vivir ahogados, al menos permítamonos el lujo de hacerlo de la forma más feliz posible, ¿no?. Hay que arriesgarse, joder, buscar nuestra felicidad allá dónde esté, es un derecho pero sobre todo una obligación ética. Lo sueños son como la sal, no alimentan pero dan sabor a la vida, coño. Lo escribió Saramago y tiene toda la puta razón. El vecino de lamari renunció en vida a sus sueños, se conformó. Hizo lo que la sociedad esperaba de él. Su máxima aspiración en la vida era casarse y tener hijos. Y no es un planteamiento vital malo, entiéndeme, es un complemento, una opción más a tener en cuenta. Pero la vida no acaba ahí, es mucho más amplia que todo eso, qué quieres que te diga. Prefiero soñar de más y tener la certeza de que siempre me van a faltar sueños por cumplir, que quedarme corto.
Seguramente ese señor cumplió su objetivo antes de los 30. Y se sintió afortunado y pleno. Pero dentro de sí, se estaba gestando el peor de los cánceres: la desidia. A esa edad ya no le quedaba más por hacer en la vida. Imagínate diez años haciendo lo mismo, yendo y viniendo del trabajo todos los días sabiendo de antemano la rutina del día, tomando el mismo café aguado en la oficina, la misma corbata a modo de soga. El mismo cocido de todos los domingos, las mismas vacaciones de todos los años, el mismo beso de buenas noches, la misma postura, ella debajo, él encima. Una vida sin sobresaltos. Eso acaba con cualquiera, macho.
A los 40, te decía, dificílmente puedes hacer ya algo. Cuanto más encallado está el barco más difícil es sacarlo. Hay un momento para ser idealista, colega. Para correr tras una ilusión, a según qué edades las piernas ya no son las mismas ni responden de la misma manera.

- Qué putada macho.

- La mayor tasa de suicidios está en gente de clase media alta con una vida aparentemente resuelta y por ende, aparentemente feliz.

- Espero no acabar así, nunca. Sin sueños y empotrado en una acera.

- Yo antes que un abogado frustrado, prefiero ser un parado feliz, qué quieres que te diga.


Fotografía de Ramón Clemente

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