miércoles, 20 de agosto de 2008

Cuestión para un oftalmólogo


No sé si me falla la memoria, o la vista. Si esta ciudad me engaña, si el sol de agosto, me ciega. Si los cristales de los autobuses están tintados de tu recuerdo. O si las aceras están hechas de tus pasos. No sé si estoy bajo el filo de la locura, con la hoja afilada del delirio hundiéndose en mi nostalgia. Si sangro porque estoy vivo, o porque estoy muriendo. No sé si estoy demasiado borracho o mi resaca es imperecedera. Si mis pupilas, ven doble. Si eso que se dibuja al final de la calle, es tu rastro perdiéndose a cien metros escasos de mis súplicas-no te vayas, por favor, dijiste tú entonces, aquella última vez que nos vimos- si esa muchacha menuda, de ojos tristes y pelo corto que veo a lo lejos, es en realidad, la misma muchacha menuda, de ojos tristes y pelo corto, que hace años también me quiso.
No lo sé y al mismo tiempo, lo sé a ciencia cierta. En realidad, quién es capaz de juzgar qué es verdad y qué no. Qué es realidad y qué mentira. Hay ficciones tan de verdad y verdades tan cínicas, que hace que todo, sea relativo. Además, puestos a buscar especialistas, qué oftalmólogo tiene potestad para decirme que no te vi, que estas líneas que (te) escribo no describen un hecho, sino que alimentan una fantasía indigesta y pesada.
Lo dejó escrito Oscar Wilde y se ha cumplido: "Hay dos grandes desgracias en la vida: perder a tu gran amor y encontrarlo". Que se sepa, el destino es el mayor de los homicidas.


Foto sacada de enelpaisdelasultimascosas.blogspot.com

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