sábado, 26 de julio de 2008

La mujer de La Casa Encendida


Ayer deshice el camino que recorrimos juntos hace un tiempo, cuando tus pasos y los míos caminaban de la mano. Se me ocurrió de repente. Quizás, pensé ingenuo, si hiciera el camino inverso, si desandara cada discusión, cada caricia, cada beso, cada te quiero... podría volver hasta aquel día, llegar hasta el principio de todo. Cuando aún éramos una página en blanco y no un epílogo. Y evitar así, nuestro homicidio involuntario.
De modo que bajé Gran Vía hasta Cibeles, enfilé el Paseo del Prado hasta Atocha y ahí cogí Embajadores dispuesto a empezar de cero. Y como aquel día, llegué quince minutos antes de la hora a La Casa Encendida. "No tienes término medio, o llegas quince minutos tarde o quince minutos antes". Tu voz sonaba recurrente en mi cabeza. Casi podía decir que estabas ahí conmigo.
Entré decidido, sabedor de mis pasos y me hice con un ejemplar de la programación de verano. Cuántas exposiciones y conciertos nos aguardaban. Julio, una vez más, se nos mostraba infinito. Para esto, precisamente, estuvimos tantos años esperándonos, tantos años revindicándonos en nuestra más obscena soledad, tantos años arrancándole pétalos a la desdicha. Para esto, precisamente, para ahora ser eternos.
Me senté en las escaleras a esperarte. A esperarnos. Desde ahí repasé cada palabra que te diría al conocerte para no destaparme. Para que este plan que aventuraba infalible, se cumpliese. Iba a mentirte, lo sé, pero te diría no obstante, la verdad. Yo ya te conocía de mucho antes. Tú y yo habíamos vivido una vida en común justamente un año atrás. Aunque tú no lo supieras, aunque yo me hubiese adelantado a los hechos. Aquella lluvia incluso, imprevista, que ahora salpicaba de nostalgia las calles de Madrid, no era tampoco nueva. Su olor nos había colmado las ganas meses atrás. Cada charco que ahora dibujaba sobre la acera, eran en realidad tan sólo bocetos de los cuadros que pintarían sus gotas sobre nuestros cuerpos más tarde.
Sin embargo al verte afirmaría lacónico: yo te soñado antes. Pero es que acaso ¿no te soñé tantas noches antes y después de conocerte?
Así ocurrió. Justo cuando escogía del armario del abecedario, mis mejores galas, una mujer de tu misma estatura, que tenía tu mismo pelo y tu mismo color de ojos, cruzó el umbral de la puerta (del tiempo) y avanzó hasta mí. No sabría explicar lo que sentí en aquel momento: vértigo, miedo, felicidad, pavor, entusiamo, ilusión, tristeza...
La mujer parecía desorientada, como tú, como nosotros entonces. La miré, me miró, nos miramos. Sonreímos. Y con mis ojos le supliqué que se quedara a mi lado. Pero ella pasó de largo y desanduvo mi desdicha escaleras arriba. Mi plan había fracasado.
Ahora estaba otra vez en Gran Vía. A 37 grados a la sombra y sin visos de lluvia.


Foto sacada de www.elpais.com



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