jueves, 3 de julio de 2008

La chica que era demasiado normal


Ella sabe que vale mucho más de lo que le dicen. El problema es que le cuesta creérselo. Se sabe grande, pero se siente pequeña. Por eso nunca acaba de decidirse. Y cuando lo hace, toma la decisión que todo el mundo espera que tome. Pero no la que verdaderamente le convence, la que le hace feliz.
Ella vive en un chalet con su novio, pero quisiera vivir en una buhardilla con su gato. O con un perro. Con algún animal doméstico. Que para eso es veterinaria. Pero a su chico le dan alergia todos los bichos vivientes. Incluidos los humanos. Por eso ella, cada vez que pasea por el parque, suspira al ver a tantos reunidos. Y ladra de rabia por dentro y maulla lastimosa.
Ella desearía ser libre. Despertarse y asomarse desde su gran ventanal al tejado y ver a los lejos la ciudad dibujarse bajo sus pies. Y sentirse la reina del mundo. Pero es esclava de su vida. De su miedo al fracaso. Prefiere no apostar para no perder. No jugar para no acabar la última o para no tener que soportar el trance de que nadie la escoja en su equipo. Eso no. Antes que nada está su dignidad. Dignidad, dignidad...
Ella a veces llora y no sabe muy bien porqué. Quizás por que ser normal es duro.
Ayer le hablé del derecho al fracaso y me miró raro. Le dije que todos tenemos un derecho que no está tipificado en la constitución pero que pesa más que todos. Que está por encima incluso del derecho a la vida. Que es el derecho a fracasar. Vale más morir por intentarlo que vivir sin hacerlo. El fracaso nos convierte en héroes. Nos redime y nos encumbra.
Pero ella me dijo que la vida está por encima de todas las cosas. Aunque uno la tenga y no la use.



Foto sacada de serrizomatico.blogia.com

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