sábado, 12 de julio de 2008

Historia de un matrimonio



- ¿800 € al mes?- preguntó Pedro exasperado.

- Bueno, es por una suplencia.

- ¿Y lo has firmado sin más? Es una puta mierda de sueldo- dijo.

- Tampoco tengo experiencia en ese campo, por algo se empieza.

- Joder, pero podías buscarte otra cosa que te pagaran más.

- Llevo queriendo ser profesora desde que empecé la carrera. Es mi sueño.- contestó Laura.

- De sueños no se vive, querida.

- Los sueños no alimentan pero dan sabor a la vida.

- Bueno pero por mucho sabor que den si no hay algo que llevarse a la boca…

Laura desistió. Sabía lo cabezota que era su marido en ese sentido. Pedro era un hombre pragmático, excesivamente realista. En su cátedra de Economía no entraba la variable sueño ni ideal. Era un hombre de cuarenta años, hecho de números y operaciones. Su corazón no latía, cotizaba.

- Voy a hacer la comida.- se resignó Laura.

Pedro no contestó, siguió corrigiendo exámenes. Mientras Laura pelaba un par de cebollas, dos lágrimas no condimentadas brotaron de sus ojos. Esta vez lo he conseguido, esta vez lo he conseguido- no paraba de repetirse a si misma. Pero el olor de la cebolla pudo con ella y Laura terminó por ceder.

Comieron en silencio bajo el sonido distante del telediario. Aquella tarde, la artillería israelí había entrado en la franja de Gaza y había matado a 20 personas, 12 de ellas niños. Ni ella le preguntó qué tal estaba la tortilla ni él alabó sus dotes culinarias. Al terminar de comer, Pedro se levantó, fue a la cocina, cogió una pera y continuó corrigiendo más exámenes. Laura lo miró desde la mesa escuchando sobrecogida el sonido seco de sus mordiscos. En ese mismo instante vio la imagen de su padre.


Foto sacada de catirestrepo.files.wordpress.com


1 comentario:

Nyama dijo...

Y la figura pareciera grotesca, monstruosa: los sueños la alzaban sobre sus cabellos y se sentía comenta (como aquel Físico con el que soñara otra niña, en otra historia), mientras las cadenas de una cebolla pelada -¿su marido?- le hacía, irremediablemente, plañir... Por ser convencional.