miércoles, 30 de julio de 2008

Nadie


Hoy me siento más ateo que nunca. Ya no creo en nada ni nadie. Sin embargo, una palabra tuya bastaría para sanarme.




Foto sacada de lokura.blogia.com

martes, 29 de julio de 2008

La chispa adecuada


Ayer salí hasta las tantas. Lunes. Siempre que puedo, me gusta hacerlo. Es una manera de ver también el otro lado de la moneda. De reescribir la historia. El peor día de la semana, sin duda, puede acabar de la mejor forma. Me gusta pensar que nada está escrito, que todo está por hacerse. Que nosotros mismos podemos convertir el agua en vino y los lunes en sábados. Puesto que son las personas las que hacen especiales las circunstancias, y no al revés.
El caso es que tras mucho divagar por los pocos bares de Malasaña que ayer abrían, acabé en un karaoke lleno de guiris, en Huertas.

Los Beatles y Cindy Lauper fueron los triunfadores de la noche. Entre medias sonó Loquillo-un espontáneo subió borracho a cantar cadillac solitario-y un tema (cómo no) de Alejandro Sanz, que nunca falta a la cita. Estuvo curiosa la noche. Los termómetros marcaban 28 grados a las 4 de la mañana. Un lujo en los tiempos que corren.

Me fui a casa con mejor sabor de boca. Los lunes no son tan fieros como los pintan. Hoy, martes, me he levantado sin resaca. Ningún ruido perturba mi cabeza. Tan sólo, una canción que no deja de sonar dentro de mí, una y otra vez, de forma cíclica: la chispa adecuada, en versión lenta (bendecida 3 para los creyentes). Para mí una de las mejores baladas que se han escrito.

Y mi sonrisa no puede ser mayor. Hoy 29 de julio del 2008 guardo para siempre tu tacto en un ataúd y eyaculo blanco esperma sobra la espina dorsal de tu recuerdo. Y aunque sigo sin distinguir lo complicado de lo simple, sin duda sé que todo arde si le aplicas la chispa adecuada.

Una cosa menos en mi lista de promesas a olvidar.

Foto sacada de blogs.ya.com

sábado, 26 de julio de 2008

La mujer de La Casa Encendida


Ayer deshice el camino que recorrimos juntos hace un tiempo, cuando tus pasos y los míos caminaban de la mano. Se me ocurrió de repente. Quizás, pensé ingenuo, si hiciera el camino inverso, si desandara cada discusión, cada caricia, cada beso, cada te quiero... podría volver hasta aquel día, llegar hasta el principio de todo. Cuando aún éramos una página en blanco y no un epílogo. Y evitar así, nuestro homicidio involuntario.
De modo que bajé Gran Vía hasta Cibeles, enfilé el Paseo del Prado hasta Atocha y ahí cogí Embajadores dispuesto a empezar de cero. Y como aquel día, llegué quince minutos antes de la hora a La Casa Encendida. "No tienes término medio, o llegas quince minutos tarde o quince minutos antes". Tu voz sonaba recurrente en mi cabeza. Casi podía decir que estabas ahí conmigo.
Entré decidido, sabedor de mis pasos y me hice con un ejemplar de la programación de verano. Cuántas exposiciones y conciertos nos aguardaban. Julio, una vez más, se nos mostraba infinito. Para esto, precisamente, estuvimos tantos años esperándonos, tantos años revindicándonos en nuestra más obscena soledad, tantos años arrancándole pétalos a la desdicha. Para esto, precisamente, para ahora ser eternos.
Me senté en las escaleras a esperarte. A esperarnos. Desde ahí repasé cada palabra que te diría al conocerte para no destaparme. Para que este plan que aventuraba infalible, se cumpliese. Iba a mentirte, lo sé, pero te diría no obstante, la verdad. Yo ya te conocía de mucho antes. Tú y yo habíamos vivido una vida en común justamente un año atrás. Aunque tú no lo supieras, aunque yo me hubiese adelantado a los hechos. Aquella lluvia incluso, imprevista, que ahora salpicaba de nostalgia las calles de Madrid, no era tampoco nueva. Su olor nos había colmado las ganas meses atrás. Cada charco que ahora dibujaba sobre la acera, eran en realidad tan sólo bocetos de los cuadros que pintarían sus gotas sobre nuestros cuerpos más tarde.
Sin embargo al verte afirmaría lacónico: yo te soñado antes. Pero es que acaso ¿no te soñé tantas noches antes y después de conocerte?
Así ocurrió. Justo cuando escogía del armario del abecedario, mis mejores galas, una mujer de tu misma estatura, que tenía tu mismo pelo y tu mismo color de ojos, cruzó el umbral de la puerta (del tiempo) y avanzó hasta mí. No sabría explicar lo que sentí en aquel momento: vértigo, miedo, felicidad, pavor, entusiamo, ilusión, tristeza...
La mujer parecía desorientada, como tú, como nosotros entonces. La miré, me miró, nos miramos. Sonreímos. Y con mis ojos le supliqué que se quedara a mi lado. Pero ella pasó de largo y desanduvo mi desdicha escaleras arriba. Mi plan había fracasado.
Ahora estaba otra vez en Gran Vía. A 37 grados a la sombra y sin visos de lluvia.


Foto sacada de www.elpais.com



martes, 22 de julio de 2008

Perdedores


Recientemente entrevisté a un escritor muy conocido que me dijo una frase que me desgarró por dentro como un manojo de alfileres: "Toda mi vida he tenido la sensación de haber perdido". Aquello hizo que levantara la vista del cuaderno donde iba anotando las respuestas a falta de grabadora, y que la tinta de mi anoréxico boli se escurriese ante sus ojos, creando una mancha de chapapote sobre aquel mar de palabras.
De hecho, durante todo el día no pude quitarme esa frase de la cabeza. Intenté achicarla y achicarla a pasos forzados. Sacarla fuera de mi cayuco, este cuerpo sobre el que navego y encallo.Pero fue en vano.
Al final naufragué ante el espejo, como tantas otras veces. Hubiera deseado que alguien hubiese estado cerca para mentirme, para rescatarme de ese oleaje de dudas y miserias aunque después me hubiese muerto en la orilla deshidratado de realidad. Hay mentiras que son tan necesarias.
No obstante, tras mucho divagar, llegué a la misma conclusión que el escritor al que había entrevistado esa misma mañana: Yo también tengo esa idéntica sensación de perdedor. A mi también me deben días sueltos, y horas extras, tardes y amaneceres que reclamé y nadie quiso devolverme. Yo también di más de lo que recibí, a mi también me sale en la declaración de la renta a devolver y sin embargo ninguna instancia me lo adeuda. Ningún seguro contra accidentes cubrió este corazón atropellado y eso que lo tenía a todo riesgo. A mi tampoco me cuadra el balance de la vida. Siempre salgo perdiendo, qué demonios.
Mal de muchos, consuelo de tontos, que se diría.




Foto sacada de www.porfavorseafeliz.net

viernes, 18 de julio de 2008

La decisión correcta


Hoy te he vuelto a ver, después de mucho tiempo sin saber de ti. Años. Todavía conservabas esas viejas ojeras que siempre arrastraste contigo como un verso que uno aprende o se encuentra y adhiere: Que la vida iba en serio.
Detrás de tu rostro había una cara hajada por el paso del tiempo. Cansada y harta. Sin más horizonte que el puente de tus gafas. Al final, cumpliste tu promesa: con venticinco te has retirado de la vida. Joven y bella, no obstante. Pero insulsa. Qué dejas para la posteridad. Bécquer dejó sus poemas, Van Gogh sus cuadros, a Toole le dieron el Pulitzer y eso que estaba muerto. Ya lo sé, siempre odiaste a Bécquer. Yo también, pero admiro su constante y pertinaz vocación de poeta. Siempre quiso serlo y al final mírale, llenando con sus rimas los libros de literatura de la ESO y también alguna carpeta de esas que forran con la jeta del pibón de moda, que haberlas hailas. Y tu te marchas de esta vida de forma austera. Sin más gloria que el hecho de haber resistido 25 cortos años. Otros no aguantaron ni el primer asalto, dijiste. Qué asalto: el de los 6 años cuando descubres que los reyes son los padres, el de los 10 con tu primer suspenso, el de los 14 cuando tu chica te deja y crees que el mundo se acaba al final del océano, el de los 16 con tu primera resaca, el de los 18 con tu primer trabajo basura....a qué asalto te refieres. Tú que ni si quiera tuviste nunca que enfundarte los guantes. Tú que no has pisado un ring en tu vida. Siempre observaste el mundo desde el balcón de tu ala oeste, cómoda en tu torre de marfil del barrio de salamanca. Cuando la vida ardía en el sur. Cuando la gente se mataba y se sigue matando en hora punta, allá abajo, por un trozo de nómina que llevarse a la boca. ¿Y dices qué has cumplido?
Durante nuestro breve café, apenas te conté dos sonrisas-estamos en crisis, bromeaste- y un puñado de suspiros que colmaron de vaho la tarde y trajeron de nuevo el invierno de nuestra ruptura a este julio angosto que hoy nos vio mentirnos. Ni tú ni yo nos alegramos de volver a vernos. Ni si quiera tuve una erección contigo. Hasta diría que nuestro abrazo final fue un orgasmo fingido. Como todas las promesas y aniversarios que celebramos. Solamente éramos una pose. Pura estética. Al verte, y verme contigo en la cafetería, después de tanto, tanto tiempo, lo supe. Nada nos unía entonces, y nada nos une ahora. Y sin embargo, en aquel tiempo follábamos y hasta creíamos que hacíamos el amor. Qué cosas.
Apenas duró nuestro reencuentro una hora escasa. Tú tenías prisa por irte de compras y yo a estas alturas de nuestro idilio ya no necesito mentirte.
En ese último instante en que nuestros dos cuerpos se fundieron efímeros como antaño, en un vano intento de parecer interesados el uno en el otro, miré de reojo el cristal del escaparate donde nos reflejábamos distantes. Inertes. Y el espejo me devolvió una imagen de mí algo más joven tomando la decisión correcta. Qué cosas.
Foto sacada de alejandra64.files.wordpress.com

miércoles, 16 de julio de 2008

Versos para una camarera


Hace algunos años solía dejarme caer por un bar cercano a mi casa. Era justo el tipo de antro que me gusta: poca gente, buena música-nada de Bisbal ni derivaciones del tipo-barato, salvo los minis, y con un halo decandente y sórdido, como todo buen bar bohemio que se precie.
No tardé en recomendárselo a un amigo. De hecho, al poco estábamos los dos arreglando el mundo sobre la barra de aquel sitio. Mi amigo se fijó entonces en la camarera. Una chica de unos veintitantos, morena y con pinta de rocker. Yo le avisé de antemano: es imposible ligarse a una camarera. Ninguna persona lo ha hecho y quien lo ha conseguido no lo cuenta porque sabe que nadie le creería. El caso es que él impertérrito me pidió consejo. Escríbele una nota en una servilleta y la enrosas en el tercio de cerveza porque si la dejas en el mini no se va a dar cuenta, además es menos poético, le propuse. Estoy espeso, escribe tú cualquier cosa que para algo eres el juntaletras de los dos. Vi dos sillas tiradas en el suelo. Un grupo de punkis había estado antes montando gresca. No tengo nada en contra de los punkis, me la pela la idiosincrasia de cada cual, me jode que la gente la tome con el mobiliario. Y más contra el mobiliario de los bares que son patrimonio de la humanidad.
No obstante, gracias a los punkis me inspiré. Me senté en la única mesa que aún se mantenía en pie y escribí: "Si quieres te ayudo a colocar las sillas y separamos dos para tomarnos la última". Y tal y como había propuesto, coloqué la nota en la boquilla del tercio, como si fuera un gajo de limón en una botella de coronita. O un cóctel molotov. En realidad, lo era. Qué es el corazón si no una mecha por prender o prendida. La cosa a priori funcionó. Digo a priori porque con las mujeres uno nunca sabe, nos llevan siglos de ventaja. Apenas diez minutos después, ella se acercó a nosotros para recoger la mesa y vio sorprendida la nota. Sonrió. La firmaba el chico alto de camiseta azul. Yo también llevaba una camiseta azul pero mido 1,68 y mi amigo casi dos metros, por lo tanto la cosa estaba clara. Blanco y en botella. Nos miró y con una risilla tímida que echaba por tierra toda esa pose de rocker dura y fría, preguntó: ¿Y esto...? Sonreímos y ella nos correspondió con una invitación para el día siguiente. Hoy no puedo, dijo, pero mañana si venis, me tomo algo con vosotros dónde queráis. A mi amigo el uso del plural, le tocó la fibra. Si al menos se hubiera referido a mí en concreto que soy supuestamente el de la nota...Bueno, las mujeres nunca muestran sus cartas abiertamente, mañana cuando te acerques a la barra me voy al baño o me busco un pasatiempo para dejarte a solas, le contesté para animarle.
Al día siguiente era sábado. Y el bar extrañamente estaba a tope. Una puta mierda. Pero nosotros teníamos preferencia. Un aval. Esa noche había dos camareros, ella y otro chico. Las cinco veces que fuimos a pedir, nos atendió él. El resto de la noche la pasamos jugando al futbolín y a los dardos, haciendo tiempo hasta la hora del cierre. La hora en que mi amigo espoleado por la posibilidad de amanecer por primer vez a su lado, se abriría paso hasta la barra como Moisés ante el mar Rojo y le diría: de ti depende y de mí que entre los dos siga siendo ayer noche hoy por la mañana. Por ejemplo. Pero las cosas rara vez salen como uno planea.
A mitad de la noche ocurrió un hecho curioso. Un tipo robusto, se plantó a nuestro lado con una escoba y comenzó a barrer(nos) casi las zapatillas. Perdonar, se disculpó, es que hoy el bar está lleno y la gente está poniendo todo perdido. Nada, no te preocupes. ¿Qué tal estáis?. Bien, bien. ¿Os gusta la música?. Sí, la verdad que este sitio es cojonudo. Huímos del pachangueo así que aquí estamos en la gloria.
En ese momento sonó message in a bottle, de The Police. Curiosa coincidencia.
Ostias, qué temazo, me encanta. Sí la verdad que es uno de los mejores temas de Police, contestó mi amigo. ¿Te gusta Police?. Soy fan suyo. Joder qué bueno, yo también. Y ambos se pusieron a hablar de Sting y de lo mucho que había perdido la música tras su separación (ahora ya no, gracias a dios).
Y así se nos fue la noche y el tiempo. A las 5 exactamente, la barra quedó libre. Era la oportunidad de mi amigo. Pero entonces el chico de la escoba, que dos horas antes había pasado a llamarse Edgar, pronunció la frase que un servidor ya se imaginaba: "a ver si acaba pronto mi chica en la barra, que a uno le gusta escuchar buena música en un bar pero no trabajar limpiando toda la noche en él". Imaginaros la cara de mi amigo.
Dignamente nos despedimos y nos fuimos. Sin pagar, desde aquí pido disculpas.
Me sentía culpable. Yo era el cerebro de la operación. Y mi amigo ni si quiera había podido ser el brazo ejecutor. Así que ese misma mañana, aún borracho, escribí este poema, para paliar de algún modo la situación.

VERSOS PARA UNA CAMARERA

Perdóname por quererte
en silencio en mitad
del alboroto y nunca
decirte nada
pues siempre me dejo
las agallas en el plato.

Por mear fuera del tiesto
cada vez que voy al baño
y acusar a otros de mis fallos.

Por tantas borracheras
como me fió la cirrosis,
por todas esas veces
que me fui sin pagarte
y pensé en volver
para disculparme.

Por mirarte a escondidas
desde el final de la barra
y soñar contigo despierto
entre yonkis y borrachos,
por imaginarte mía
cada domingo de resaca
y enamorarme como si tal cosa
de tu forma de servir cubatas,
de tu manera de sonreírme
cada vez que te pido un mini
y me cobras una pasta.

Perdóname por todas esas servilletas
que te dejé enroscadas en un botella
pidiéndote que cerrara otro
y te vinieras conmigo a tomarnos la última.

Perdóname por no querer fiarme
de las apariencias
y hacer migas con tu novio
hablando de message in a bottle.

Perdóname por pretender
licenciarme bajo tus faldas
habiendo agotado ya
todas las convocatorias.

Por supuesto, el poema acabó enroscado en una botella...




Lámina de Brent Lynch

sábado, 12 de julio de 2008

Historia de un matrimonio



- ¿800 € al mes?- preguntó Pedro exasperado.

- Bueno, es por una suplencia.

- ¿Y lo has firmado sin más? Es una puta mierda de sueldo- dijo.

- Tampoco tengo experiencia en ese campo, por algo se empieza.

- Joder, pero podías buscarte otra cosa que te pagaran más.

- Llevo queriendo ser profesora desde que empecé la carrera. Es mi sueño.- contestó Laura.

- De sueños no se vive, querida.

- Los sueños no alimentan pero dan sabor a la vida.

- Bueno pero por mucho sabor que den si no hay algo que llevarse a la boca…

Laura desistió. Sabía lo cabezota que era su marido en ese sentido. Pedro era un hombre pragmático, excesivamente realista. En su cátedra de Economía no entraba la variable sueño ni ideal. Era un hombre de cuarenta años, hecho de números y operaciones. Su corazón no latía, cotizaba.

- Voy a hacer la comida.- se resignó Laura.

Pedro no contestó, siguió corrigiendo exámenes. Mientras Laura pelaba un par de cebollas, dos lágrimas no condimentadas brotaron de sus ojos. Esta vez lo he conseguido, esta vez lo he conseguido- no paraba de repetirse a si misma. Pero el olor de la cebolla pudo con ella y Laura terminó por ceder.

Comieron en silencio bajo el sonido distante del telediario. Aquella tarde, la artillería israelí había entrado en la franja de Gaza y había matado a 20 personas, 12 de ellas niños. Ni ella le preguntó qué tal estaba la tortilla ni él alabó sus dotes culinarias. Al terminar de comer, Pedro se levantó, fue a la cocina, cogió una pera y continuó corrigiendo más exámenes. Laura lo miró desde la mesa escuchando sobrecogida el sonido seco de sus mordiscos. En ese mismo instante vio la imagen de su padre.


Foto sacada de catirestrepo.files.wordpress.com


jueves, 10 de julio de 2008

Conversaciones con el espejo


-Mírate, echo un guiñapo. Con esas barbas, ya te vale. Aféitate que ya es hora. Y encima de resaca, como no. ¿Es que no te cansas de hacer siempre lo mismo? Mira qué ojeras. Eso, eso, resopla, que no te queda nada. Este dolor de cabeza no se te va a quitar en toda la tarde. Si es que no aprendes. Eres un golfo. A ver si sientas la cabeza y te centras de una vez, que lo necesitas. Y no me digas que tú eres distinto a los demás, que tu eres gato y ellos perro. Eso no me vale. No es excusa. Además, es una soplapollez. Y lo sabes.


- Joder, cállate ya, que me acabo de levantar y no estoy para que me martilleen la cabeza. Es la última vez que voy al baño a mirarme en el espejo.




Foto sacada de decopasion.com

lunes, 7 de julio de 2008

Prótesis


- Yo es que perdí la capacidad de enamorarme.
- ¿Ah sí?
- Sí.
- ¿Y eso?
- Tuve un accidente y tuvieron que amputarme la ingenuidad. Ahora llevo una protesis.
- Pero cuando uno se enamora, no lo hace de forma ingenua. Sabe a lo que se atiene.
- Creer que algo es para siempre, es serlo.
- ¿Y con protésis uno es menos ingenuo?
- No, pero al menos eres consciente de que lo que empieza, más tarde o más temprano, acaba.



Foto sacada de mundopoesía.com

jueves, 3 de julio de 2008

La chica que era demasiado normal


Ella sabe que vale mucho más de lo que le dicen. El problema es que le cuesta creérselo. Se sabe grande, pero se siente pequeña. Por eso nunca acaba de decidirse. Y cuando lo hace, toma la decisión que todo el mundo espera que tome. Pero no la que verdaderamente le convence, la que le hace feliz.
Ella vive en un chalet con su novio, pero quisiera vivir en una buhardilla con su gato. O con un perro. Con algún animal doméstico. Que para eso es veterinaria. Pero a su chico le dan alergia todos los bichos vivientes. Incluidos los humanos. Por eso ella, cada vez que pasea por el parque, suspira al ver a tantos reunidos. Y ladra de rabia por dentro y maulla lastimosa.
Ella desearía ser libre. Despertarse y asomarse desde su gran ventanal al tejado y ver a los lejos la ciudad dibujarse bajo sus pies. Y sentirse la reina del mundo. Pero es esclava de su vida. De su miedo al fracaso. Prefiere no apostar para no perder. No jugar para no acabar la última o para no tener que soportar el trance de que nadie la escoja en su equipo. Eso no. Antes que nada está su dignidad. Dignidad, dignidad...
Ella a veces llora y no sabe muy bien porqué. Quizás por que ser normal es duro.
Ayer le hablé del derecho al fracaso y me miró raro. Le dije que todos tenemos un derecho que no está tipificado en la constitución pero que pesa más que todos. Que está por encima incluso del derecho a la vida. Que es el derecho a fracasar. Vale más morir por intentarlo que vivir sin hacerlo. El fracaso nos convierte en héroes. Nos redime y nos encumbra.
Pero ella me dijo que la vida está por encima de todas las cosas. Aunque uno la tenga y no la use.



Foto sacada de serrizomatico.blogia.com

martes, 1 de julio de 2008

Me gusta...


Me gusta esta historia. La forma en que nos hemos encontrado. Sin buscarte. Sin pretenderlo. Tu amiga se paró en mitad de una calle sin nombre porque se le había roto la sandalia. Mi amigo buscaba un cajero que estaba en esa misma acera, justo enfrente de vosotras. Un pie y una tarjeta de crédito bastaron para que las piezas del puzzle encajaran. Para que el mundo, fuese mundo. Y nosotros su eje. Algo tan simple y a la vez tan complejo como eso. Cuántos pies y cuántas tarjetas de crédito pueblan el mundo y qué difícil es que tanto los unos como los otros se pongan de acuerdo para hilvanarse. Para que tengan entre los dos coherencia. Hay dos sandalias por habitante y al menos un cajero cada tres calles. Y sin embargo, hasta ahora, la matemática fallaba. La ciencia era inexacta. Y tú y yo éramos materia ingrávita. Pero hoy, todo tiene sentido.
Me gusta que no seas mayor. Que hayas crecido a la inversa, restando años, en vez de sumarlos. Pero que no te sepas el final de Peter Pan. Para así poder cambiarlo. Que Wendy no crezca, que no traicione el cuento. Que cuando Peter vaya a buscarla, ella deje la luz apagada y eche a volar.
Me gusta que me esperes despierta en la marquesina del autobús hasta que llego de trabajar. Y así tener la certeza de que el peor de los días, puede acabar de la mejor manera. Pues son las personas las que hacen especiales las circunstancias y no al revés. Tener el aval de tus ojos. La seguridad de que esa noche amanecerá.
Me gusta esta casualidad. Que lo nuestro venga de antes. Aunque se esté materializando ahora. O no. Que seamos la proyección de lo que fuimos. La suma de todo. El fin último. Un epílogo.
Me gusta esta frase de Cortázar que apunté hace años: "Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos por encontrarnos". Puede que aquel día, tú también la subrayases a kilómetros de distancia sin saber, como yo, a quién iba dirigida. Y que vocal a vocal haya llegado a nosotros convertida en una calle sin nombre. O en una sandalia o en un cajero. La forma es lo de menos.



Foto sacada de elespejoimposible.files.wordpress.com