jueves, 12 de junio de 2008

Una historia casual


Javier y Lucía se buscaban sin saberlo desde hacía mucho. El problema es que nunca coincidían. Él, trabajaba de día como funcionario y ella tenía horario de noche en el antro del centro donde servía copas hasta el amanecer. Para bien o para mal, su bar, era el único de la zona, que cerraba más tarde que el resto y no cobraba entrada. Así que a eso de las tres y media, a Lucía se le amontonaba el trabajo. En eso se parecían. Lo primero que veía Javier al llegar a las ocho a su oficina, era una pila de papeles amontonados llenos de peticiones y reclamos. En el fondo, su trabajo era el mismo. Despachar educadamente a infinidad de personas distintas.
A eso de las cinco y media, Lucía, echaba el cierre como podía, intentando mantener las buenas maneras. Esto no está pagado, solía decirle a su compañero, mientras medio arrastraba a los últimos borrachos hasta la puerta. Después resoplaba exhausta y se servía una copa de ron añejo bien frío. El bar adquiría entonces una visión distinta. El mejor momento del día, era precisamente ese. Cuando los Cure, empapaban las cuatro paredes desconchadas del garito y por su garganta, el brugal se deslizaba helado. Era su ritual, que solía alargarse hasta las siete y media de la mañana. Su momento. En el que sólo estaba ella y sus pensamientos. Su compañero, se marchaba nada más recoger.
Javier era un tipo de costumbres. Se despertaba a las seis, salía de la ducha a las seis y cuarto y a las seis y media ya había desayunado. Siempre el mismo menú: café cortado, dos tostadas de mantequilla, un vaso de zumo de naranja y una pieza de fruta. De modo, que a las siete menos cuarto ya estaba montado en el bus rumbo al trabajo. Menos ese día. En el que el despertador no sonó a la hora en que debía. Y él se quedó dormido. Se levantó pasadas las siete de golpe y aturdido, vistiéndose a trompicones. Con la hora pegada y el aliento de su jefe chillándole en la nuca. En la otra punta de la ciudad, Lucía se marchaba a casa más pronto de lo habitual con la excusa de un insoportable dolor de cabeza. Apenas probó aquella mañana ni tres sorbos de su vaso de ron.
Los dos cogían el mismo autobús sólo que a horas distintas y por motivos diferentes. Él para ir a trabajar y ella para volver del trabajo. Pero aquel día sus rutinas fueron a dar a la misma parada y en la misma hora. De incógnito, en una cola de seis personas.
Javier, con la corbata mal anudada, la chaqueta arrugada y un aspecto desaliñado, despertó la atención de Lucía nada más sentarse. Otro que viene de fiesta, pensó. Y debe de haberse gastado todo el dinero en copas, porque no tiene ni para el bus.
Javier le entregó al conductor varias monedas de diez céntimos. Discúlpeme pero es que he salido con prisas de casa, me he levantado tarde y...Ya, ya, no me cuente historias, tiene o no tiene el euro. Sí, sí, tome, juntando esta moneda de veinte y estas de diez, llega.
Cabizbajo fue a sentarse al final del autobús pero al pasar por delante de Lucía no pudo evitar levantar disimuladamente la vista y fijarse en ella. En su rimel corrido y en su aspecto desarreglado. Su camiseta manchada, y ese pelo apelmazado, le reconciliaron consigo mismo. Otra que no se ha podido arreglar para ir a trabajar porque como a mí, tampoco le ha sonado el despertador, dijo para si. Y ambos comenzaron a sentirse mejor. A Lucía, dejó de dolerle la cabeza y a él, la culpa, dejó de golpearle en la nuca.


Foto sacada del Blog El unicornio azul

1 comentario:

Becky dijo...

¿Cuantas veces pasa por delante de nosotros la oportunidad de nuestra vida, y por razones diferentes siempre las dejamos escapar?
Preciosa historia amigo mio.
No dejes de escribir.