lunes, 23 de junio de 2008

La agencia de viajes al pasado


Su infancia, su adolescencia y su juventud. Eso fue lo que vio anunciado Luis en el escaparate de aquella agencia. Viajes a los 6 años. A los 15. A los 20. Y a los 30. Ofrecemos descuentos a grupos. Ofertas especiales de verano. Viaje a los mejores momentos de su vida por solo la mitad de precio. Diga adiós a la nostalgia.
Debe tratarse de una broma, pensó. Y tras vacilar unos segundos decidió entrar.
Una dependienta bien parecida le abordó desde el mostrador.
- Buenos días, caballero, en qué puedo ayudarle.
- Eh, verá, estaba paseando por la zona y me he fijado en su escaparte. Anuncian ustedes viajes a los 6 años, a los 15, a los 20 y a los 30...
- Bueno estamos empezando, pero dentro de poco habrá viajes a más años.
- ¿Se trata de una broma?
- En absoluto, somos una empresa seria.
- Pero, ¿ofrecen ustedes viajes en el tiempo?
- Al pasado, sí. Somos una agencia de viajes al pasado.
Luis se quedó ojiplático.
- Pero eso es imposible- dijo
- No, es posible. Con nuestra agencia.
- Pero me toma el pelo- insistió.
- No. Ya le he dicho que somos una empresa responsable y seria.
- Pero es imposible que ofrezcan viajes al pasado. No se puedo volver al pasado.
- Con nosotros sí. Tenemos a nuestro servicio todos los medios necesarios para hacerlo.
- Pero...¿Cómo?
- Es muy sencillo. Vimos que la gente siempre estaba quejándose y arrepintiéndose de no haber hecho tal cosa o tal otra. Y sobre todo que muchos de ellos se pasaban el día suspirando por aquel amor que dejaron marchar o por aquella historia que no pudo ser. Así que decidimos cubrir esa parte del mercado creando la primera agencia de viajes al pasado. Nos pusimos manos a la obra y voilá, aquí la tiene.
Luis seguía confuso. La dependienta le miró, sonrió y sacó un folleto.
- Veo que es usted mayor si me permite la observación. Quizá 65.
- 63- precisó él.
- Bueno, usted ha vivido prácticamente todas las etapas. Pero quizás le apetezca coger un vuelo a su infancia o a su adolescencia, ¿está usted casado?
- Viudo desde hace seis años.
- Cuánto lo siento.
- No se preocupe, la vida tiene estas cosas.
- Bueno pero ahora puede regresar si quiere al tiempo en que su mujer y usted vivían juntos. ¿Cuándo se conocieron?
- A los 20, en la universidad.
- ¡Qué casualidad justo el viaje que ofertamos!- exclamó la dependienta.
Luis le miró desconfiado.
- La verdad sigo sin creer que se pueda viajar al pasado de forma tan fácil, simplemente con desearlo. Además, es la primera vez que los veo en esta calle y paso todos los días. Y no tenía noción de que se hubiese inagurado ninguna agencia de viajes al pasado. Es algo cuanto menos inaudito, tendría que haber salido en los periódicos y en los telediarios.
- Ya le dije que estamos empezando. Todavía no estamos asentados.
- Ya- contesto Luis con ironía.
- Le propongo un trato. Una semana al pasado con una rebaja del 75%. Y además, pensión completa. Qué me dice.
- Bueno, no sé.
- Le estoy ofreciendo un 25% más de descuento en el viaje. Y además con desayuno, comida y cena.
- Ya, la oferta es buena, pero sigo sin creerme nada.
- Compruébelo usted mismo. ¿Qué puede perder?
- El dinero de la pensión. ¿Por cuánto me sale la broma?
- Con nuestra oferta especial, se le queda en 120 euros de nada. Sus 20 años valen mucho más, estoy segura. Son únicos y ahora puede volver a ellos.
Luis se quedó pensativo durante unos instantes. Miró su reloj y dijo:
- Cuánto se tarda en viajar a los 20 años.
- 8 horas de nada. Vamos, relleno la ficha en un momento y mañana mismo está volando. ¿Qué me dice?
- Está bien- dijo al fin Luis.
- Ya verá como no se arrepiente- contestó ella con una sonrisa.
La dependienta tomó sus datos. Luis pagó los 120 euros del viaje y se marchó igual de confuso que había entrado. Su avión, salía al día siguiente. Apenas pudo dormir durante la noche. Estaba inquieto, nervioso, no sabía por qué había aceptado pero la sola idea de volver a vivir aquellos años le hacía levitar sobre sus sábanas. Volver a ver a Marisa. Volver a vivir el primer beso, la primera vez que hicieron el amor, si era verdad que existía la posibilidad de viajar al pasado, aquel iba a ser el mejor viaje de su vida, pensó. A las ocho en punto de la mañana estaba en el aeropuerto. Con una maleta y un cosquilleo que le sobrecogía.
Puntual, su avión regresó al mismo aeropuerto, del que había salido, 43 años antes. La ciudad era otra. Más vieja, más hajada. Menos moderna. Estamos en los...años sesenta, ¡dios santo, era verdad!, exclamó Luis. Y casi sin aliento buscó un espejo donde mirarse. Efectivamente, tenía veinte años. Las arrugas habían desaparecido. Su cuerpo era otro. Más joven y fuerte. Y su cara había recuperado aquel halo soñador de entonces. Unas luengas melenas poblaban ahora su cabeza y coloreaban de castaño su pelo blanco. Su corazón empezó a latir tan fuerte que a punto estuvo de desmayarse sobre el lavabo. Pero logró salir del recinto y tomar un taxi.
- A dónde le llevo, caballero.
Luis cayó en la cuenta. Ya no vivía en la misma dirección, ahora tenía 20 años y se hospedaba en la misma casa que sus padres. A esto debió referirse la dependienta cuando dijo aquello de pensión completa, pensó para si. Luis le indicó la nueva dirección al taxista y en apenas quince minutos llegó a su casa. Estarán mis padres, se preguntó, llevo sin verles años, y ellos a mí, esto es una locura. La dependienta le había dado las llaves de su casa antes de salir de la agencia, de modo que Luis abrió la puerta como si aquel gesto no llegase con más de 40 años de retraso.
- ¿Hola? ¿hay alguien?- preguntó.
Pero nadie contestó. Deben de haber salido, dijo. Luis se acomodó. Se dio una ducha, se puso el mismo albornoz que tenía a los veinte años y suspiró delante del espejo pensando en Marisa. Hoy nos vamos a conocer mi amor, dijo resoplando totalmente embriagado por las circunstancias.
Efectivamente, aquel 23 de junio de 1965, las vidas de Luis y Marisa habían ido a dar como afluentes de un mismo río a uno de los pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras. Él le tiró los libros sin querer al pasar a su lado e inmediatamente se agachó a recogerlos. Fue la primera vez que se miraron a los ojos. La primera vez que su mano rozó la suya al disculparse. La primera vez que él le invitó a un café. La primera vez. Y ahora el tiempo los volvía a juntar. De nuevo. Merced a una inaudita agencia de viajes al pasado y a una dependienta bien parecida.
Luis aguardaba ahora la entrada de Marisa por el pasillo. Se había puesto la misma ropa de entonces: una camisa de cuadros de manga corta, unos pantalones grises y unos zapatos negros. Suspiraba, con el corazón en un puño. Bombeando recuerdos, tantos que sus arterias no daban a basto. Pero ella no aparecía. Se retrasaba. Luis comenzó a impacientarse. Según sus cálculos, Marisa ya debería haber aparecido. Ya tendrían que haber chocado. Ya debería de haberla invitado a un café. Tragó saliva. Suspiró por enésima vez y sus ojos se encontraron de frente con la silueta de su amada.
Era ella. Tan joven y tan guapa como lo había sido entonces cuando la conoció por primera vez. O cuando su vida expiró. Con su larga melena ahora rubia y ondulada, aquellos ojos verdes como la más dulce esperanza y ese cuerpo frágil que meses más tarde descubriría.
Tan sólo una cosa había cambiado. Marisa no llevaba ningún libro. Ni una mala carpeta. Pasó a su lado, sí, pero esta vez, no se chocaron. Nada se cayó al suelo. No hubo miradas, ni caricias, ni tan siquiera un café que postergase ese momento. Ella pasó sin caer en la cuenta de que aquel chico que aguardaba en aquel pasillo con el corazón en vilo desde hacía años, era en realidad su novio, su marido, su viudo.
Marisa se fue. Y Luis se derrumbó sobre el mismo pasillo de la Facultad de Filosofía y Letras.
Se sentía estafado, traicionado, timado. Esa misma tarde, cambió su billete para volver al día siguiente a sus 65 años. Y nada más aterrizar fue a poner una reclamación a la agencia.
- Quiero que me devuelvan el dinero.
- ¿Por qué, ha habido algo que no estuviera a su gusto?- dijo la misma dependienta.
- Todo, mi pasado no era igual a como yo lo había dejado.
- Bueno, yo le prometí un vuelo hasta los 20 años. Sus recuerdos ya son cosa suya. Ese no es nuestro mercado.
- Pero es que ese no era mi pasado. Había cambiado.
- Caballero, le repito, la empresa sólo garantiza el viaje al pasado. Y usted ha viajado hasta sus 20 años. La forma en que se lo encuentre ya escapa a nosotros. El tiempo no pasa en balde.
- Pues ha sido un fraude de viaje-espetó Luis.
- Bueno, no siempre cualquier tiempo pasado fue mejor- zanjó ella.



Cuadro La persistencia de la memoria. Dalí

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