miércoles, 25 de junio de 2008

Historia de un libro


Había decidido darle otra oportunidad a aquel libro lleno de polvo que malvivía en lo alto de la estantería. City, de Alessandro Barrico, llevaba ahí desde hacía mucho tiempo. Esperando pacientemente su momento. Su ocasión. Fiel a su amo.
Carlos lo miró dubitativo. No me quedan ya muchos más libros por leer, pensó, no sé, este no puede estar tan mal. Y justo un año después de que su ex se lo regalara, decidió empezar a leerlo.
Pero el propósito apenas duró unos minutos. Nada más abrirlo, Carlos se topó con una dedicatoria que hizo que todos los capítulos de su vida se le agolparan de golpe. La nota rezaba así:
"Gracias por hacer oídos sordos al miedo e invitarme a traspasar contigo el arco de tu porche. Te prometo que este año no se parecerá en nada al resto. Voy a hacer todo lo que esté en mi mano para hacerte feliz. P.D: Este libro me encanta como tú".
Y entonces cerró el libro de golpe. Sugestionado. Y buscó desesperadamente por todas las estanterías otro que le quitara de sus ojos aquella frase. Que borrara de su mente aquel párrafo. Sudoroso, como un yonki en busca de su dosis, comenzó a tantear los lomos de tantos otros poniendo el cuarto patas arriba. Mierda, este ya me lo acabé hace años, joder, este también y este hace sólo un mes coño, dijo.
Los libros iban cayendo al suelo como suicidas al vacío. Tiene que haber algún otro que me quite esta sensación de angustia, exclamó.
Pero ninguno le satisfizo. Ni Millás ni Saramago ni Cortázar ni Etxebarría ni tan si quiera García Montero supieron darle consuelo. Apresurado, se vistió y fue directo a la Casa del Libro con los ojos totalmente inyectados en tinta. Pero el reloj marcaba poco más de las diez de la noche. Estaba cerrada. Desesperado, con el corazón a punto de salírsele, Carlos se acercó al Vips más cercano. Pero todos los best seller que había los tenía en casa. ¡Joder, qué mierda de tienda, qué mierda de selección de libros!, gritó. El vigilante le agarró de los hombros y lo sacó con violencia a fuera. Puto loco, le espetó. Estaba condenado.
Pudo matar parte de su mono con tres vallas publicitarias que se encontró un poco más adelante. Una sobre coches, otra sobre bikinis y la última sobre una fiesta en un barco. La visión del mar le tranquilizó algo. Se imaginó a si mismo montado en ese barco. Surcando los mares. Perdiéndose lejos, muy lejos de aquí.
Llegó a casa exhausto. Casi moribundo. Y vio la masacre de libros que había acometido en su cuarto. Joder, no sé qué me ha podido pasar, dijo. Y acto seguido, Carlos se echó a llorar. Cada lágrima fue cayendo puntual sobre el libro de Baricco. El mismo que seguía a su lado a pesar de todo.


Foto sacada del Blog http://xnem.blogspot.com/

2 comentarios:

pituenti dijo...

qué post tan chulo...

y cambiando de tercio, yo ese libro en concreto lo tengo dedicado por Baricco, me lo mandó desde Italia. Lo que hace una dedicatoria, no? ;)

R. dijo...

gracias pituenti,

sí? vaya qué morro!!!

ya ves, lo que hace una dedicatoria!!

besotes!!!