martes, 17 de junio de 2008

El maleficio bisiesto


Isabel nunca había creído en las casualidades, hasta que se encontró con Clara. Sentada en su asiento. En el mismo sitio que le correspondía a ella según su billete de tren. El 4b. Sin quererlo, estaban en el mismo lugar, a la misma hora y ambas, en el mismo sitio.
Isabel volvió a cercionarse de que su ticket marcaba ese asiento y acto seguido se dirigió a Clara con cara de circunstancias.
- Perdona, pero creo que este es mi sitio.
- Debe de haber un error, mi asiento es este, el cuatrobé.
- No puede ser, yo tengo este asiento, lo pone en mi billete.
- En el mío también.
- Ah, pues entonces habrá habido un error porque no puede haber el mismo asiento para dos personas.
- Pero sí dos personas para el mismo asiento- respondió Clara con una sonrisa.
Isabel se ruborizó.
- Si quieres me cambio, no me importa.- propuso cortés ella.
- No, no hace falta, gracias, puedo sentarme en el de al lado. El problema es si viene alguien.
- Bueno, no creo que mucha gente vaya a Coruña un lunes a las seis y treinta y cinco de la mañana.
- No, la verdad es que no. - dijo riendo Isabel.
Hechas las presentanciones, Isabel dejó su maleta en la estantería de arriba, justo al lado de la de Clara, y comenzaron a charlar. Ambas trabajaban en lo mismo. Eran periodistas. Y las dos, iban a Coruña por un tema de trabajo. Ella a entrevistar a un escritor que acababa de pegar el pelotazo con su primera novela. Y Clara a dar una conferencia a la Universidad de Santiago.
- ¿Podrías haber cogido el avión hasta Compostela, no?.
- No me gusta viajar en avión, prefiero el tren. Además, los trenes tienen ese halo bohemio e inesperado que hace que cualquier cosa pueda pasar. Por ejemplo, nosotras.
El uso del plural, despertó en Isabel un cúmulo de sentimientos encontrados. Se sentía demasiado a gusto con Clara pero también le resultaba demasiado extraña esa sensación. Intentó restarle importancia a su encuentro, o a sus pensamientos, haciendo ver que su situación no era más que una simple coincidencia.
- Yo es que intenté reservar en Iberia, pero no había plazas.
Clara se dio cuenta de aquel mensaje hostil y suavizó sus palabras. Llevándola de nuevo a su terreno. Hasta el punto que Isabel bajó nuevamente la guardia y la conversación volvió a girar sobre su eje. Así compartieron durante el trayecto anécdotas, inquietudes, risas, y hasta confidencias:
- En realidad, era mi chica. Soy lesbiana. Espero no te importe.
Isabel bajó la mirada y contestó:
- No, tranquila. Cada cual es muy libre.
- Por qué no me miras a los ojos.
Isabel levantó de súbito la vista.
- Claro que te miro.
- No, cuando te he confesado que me gustaban las mujeres has desviado la mirada.
- Qué va, no, en absoluto.
- Eso es que te pongo- dijo Clara mordiendo sensualmente su labio inferior.
- ¡¿Cómo?!
- Ja, ja, es broma, tonta, sólo estaba quedándome contigo.
Isabel rió tímida.
Durante unos minutos ambas se mantuvieron en silencio. Isabel mirando por la ventana y Clara observando ensimismada el resto de asientos vacíos. Al poco, una azafata pasó a su lado con la bandeja del desayuno. Isabel pidió el menú salado: un sandwich, zumo y un refresco. Clara el dulce: zumo, café y un croasán. Dio un par de sorbos y dijo:
- ¿No te da miedo?
- ¿El qué?
- Viajar un 29 de febrero.
- ¿Por qué?¿Hay algún tipo de leyenda urbana sobre los años bisiestos?
- No, pero puedes quedarte atrapado en uno. Imagínate que hoy te enamoras de alguien. Sería un amor bisiesto. No volverías a ver a esa persona hasta dentro de cuatro años. Caerías bajo un maleficio.
Isabel frunció el ceño.
- Nunca lo había pensado así. Pero, siempre- añadió sonriendo- hay un hechizo para todo maleficio.
Clara rió y le besó instintivamente en la mejilla.
Había comenzado a amanecer. Por la ventana se divisaban ya las primeras casas y paisajes. Ellas continuaron charlando, ajenas. Sólo interrumpidas durante un breve instante por la azafata que volvió para llevarse las bandejas. Isabel había dejado entonces de sentirse confusa. Estaba cómoda con Clara. Ahora le hablaba de su ex novio. De cómo habían acabado. Le contaba que estaba intentando superarlo, pero que le costaba horrores despertarse sin él. Se sentía sola y se pasaba el día llorando: en la calle, en su trabajo, en casa. Él, le explicaba, había dejado de quererla de la noche a la mañana. El sábado me dijo que me amaba y el lunes se marchó de casa dejándome sólo una nota, le explicó. Su pequeño piso era ahora un palacio de vivencias, costumbres y rutinas que la superaban.
Dos semanas después de eso, Isabel conoció a Clara. Movido por toda una red de casualidades tejidas una a una aquella fría mañana de febrero: Estar en el mismo sitio, a la misma hora y que el dependiente que las atendió les hubiese impreso el mismo billete con el mismo asiento, por error o aposta. Ser las dos periodistas y tener que viajar a Coruña para cubrir diferentes pero iguales eventos culturales. Y que ambas, por sus razones, hubieran cogido el tren y no el avión.
Casi sin enterarse, el viaje tocó a su fin. El tren entró en la estación de Coruña pasada la hora de comer. Y ambas se despidieron sobre el andén. Sus caminos tomaban ahora, direcciones distintas.
- Ha sido un placer conocerte, Isabel. Me ha encantado hablar contigo.
- Lo mismo digo, Clara. Para mí...
Pero no pudo terminar la frase. Tenía los labios ocupados. Clara se había apresurado a besarla.
No se dijeron más. Tan sólo se miraron y sonrieron. Clara se marchó dirección arriba y ella, abajo.
Al día siguiente, Isabel se despertó confusa, perdida, como si de repente estuviera enjaulada en su propia vida. Como si hubiese caído en un maleficio.



Foto sacada de www.todovariedad.files.wordpress.com/

2 comentarios:

Sombra de Luna dijo...

Tu historia me ha puesto la carne de gallina...me ha gustado mucho.
Saludos!

Kilómetro Cero dijo...

Me acuerdo de esa historia que me contaste del 29 de febrero...
¿Y si un día el que se queda atrapado eres tú?