jueves, 12 de junio de 2008

Breve historia de blues


Cuando la conocí, ella estaba aún recuperando su vida de antes. Intentando reponerse de un desengaño. Poniendo al día viejas costumbres, una agenda de amigos en standby y haciendo acopio de antiguos lugares que había ido dejando en la cuneta. El amor, a veces, pasa de ser rutinario a ser huérfano de costumbres y los bares de siempre cierran antes y el olvido ya no invita a una última ronda. Y te ves, volviendo al mismo lugar del que saliste, mucho más viejo, mucho más cansado. Y tu vida pesa el doble pero tienes la mitad de fuerzas.
Ella me contó tras un par de cervezas, que hacía meses que no se dejaba caer por aquel antro de jazz al que solía ir antes y en el que estábamos ahora. Que durante todo este tiempo había frecuentado otros bares, recomendados por su pareja de entonces, ahora ex novio, un arquitecto que resultó estar casado y tener, además de ella, una segunda amante. De tal manera que Cupido, una vez más, le había servido garrafa. Y ella se encontraba ahora descompuesta y con resaca.
No sé realmente si soy los cuernos de su mujer o de la otra, qué fue antes el huevo o la gallina, me preguntó. Hombre, depende de a quién conociera antes, contesté. Quizás su mujer sea los cuernos de su amante, vete a saber. Un anillo no tiene carácter retroactivo. Lo mismo la conoció a ella mucho antes de casarse con la otra. Y la que es la amante oficial, sea en realidad, la cornuda y apaleada. Te ponen los cuernos y encima se casa con la querida, ya hay que tener mala suerte. O ser muy mala en la cama, río ella con crueldad. Los cuernos por lo general, son diacrónicos. Si tú has sido la última en llegar, puedes estar tranquila. Aquel comentario bastó para que se tranquilizara y cambiáramos de tema.
Te pido algo, me preguntó. Un tercio de mahou. Pero no llegué a verlo. De camino a la barra, se encontró con un viejo conocido, tenía que serlo, nadie se abraza a otro con tanta efusividad si no se conocen de antes o van puestos hasta el culo o ambas cosas. En apenas segundos, se formó un corrillo de gente a su lado, músicos en su mayoría. A simple ojo, pude divisar a un trompetista, un saxofonista y una percusionista. Me imaginé la conversación entre ellos. Cuánto tiempo sin verte. Ya es que he estado muy liada. Entre las clases, el curro y tal. Qué es de ti, ¿te echaste novio, no? Bueno... sí. Y qué tal, ¿seguís?Bueno...ahí andamos.
Sabía que no les confesaría los (no) cuernos. Por lo general, cuando la primera pregunta de alguien, al que hace tiempo que no ves, es sobre tu vida personal, más que ponerse al día, le interesa machacarte con alguna respuesta del tipo: Ay sí, lo dejasteis, eso es que está con otra, bueno, algo harías tú, etc etc.
Pero esta vez no se habían salido con la suya. Ella estaba sonriente. En su salsa. Había pasado la prueba. Saludaba a diestro y siniestro a todas las personas que pululaban a su alrededor. Era el centro de atención. Precisamente era lo que más necesitaba en ese momento, sentirse querida. Aunque fuera de mentira.
Por mi parte, decidí abrirme paso entre la multitud de espaldas sudorosas que poblaban el ambiente y alcanzar a nado esa isla perdida en medio del océano que era la barra. La camarera me esperaba al otro lado enjuagando un vaso. Me cobré la espera con intereses. Pedí jack daniels cola. Cuatro músicos tocaban en el escenario un blues. Pero no llegaba a ser excesivamente melancólico, digamos que era un blues con pinceladas de jazz. El acompañamiento perfecto, pensé. Ni demasidado alegre, ni demasiado triste. Como mi estado de ánimo en ese momento.
El humo de centenares de cigarrillos resplandecía en el aire formando multitud de palabras hilvanadas por la música. Soñar, amar, follar, acariciar, saborear, sentir, querer, odiar, flotar...
Entonces, la música comenzó a crecer, clavándose en mi pecho. Realmente no sabría decir a ciencia cierta, si mi corazón latía o percusionaba. Miré hacia atrás, buscándola con los ojos. Y allí seguía. Rodeada de aquel grupo. En aquel momento y de aquella forma, quise acercarme y arrancarla de ellos para besarla. Recitarle los versos de aquel 'jazzblues' que fluía ahora como mi sangre: trepidante y a borbotones. Dejarme llevar por la música y mi arrebato. Coger su mano y colmarla en mi pecho. Que ella también percusionase conmigo.
Pero entonces, y sin mediar palabra, el ritmo paró de golpe. Frenó en seco y mi corazón volvió a latir, como un blues normal. Ni demasiado triste, ni demasiado alegre. Y el breve estado de enajenación, cesó. Como una descarga, como un orgasmo. Me sentía exhausto. En ese momento, lo vi claro como pocas veces en la vida. Tuve una revelación. Tan simple como profunda. Comprendí que yo también tenía un antes, y que no estaba en sus labios. Ni tampoco en ese antro de jazz.
De modo que apuré mi whisky, la miré de lejos sin que ella recabara y me marché.


Foto sacada de la página www.photoshop-designs.com

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