sábado, 28 de junio de 2008

60 caracteres


No tenía que haber mandado ese sms. No tenía, no tenía, no tenía, no tenía..., me repetí una y mil veces mirando el móvil. ¿Por qué lo he hecho? Joder...Y encima con nocturnidad y alevosía. Esto no puede salir bien, me dije arrepentido.
Y en medio de tantos pesares, el móvil sonó casi sin querer y mi vida dio un giro entonces de 60 caracteres. Ni uno más ni uno menos.

:)



Foto sacada de nisu.blogia.com

viernes, 27 de junio de 2008

Magia



- ¿Tú crees que la magia existe?- le pregunté
- Sí, pero hay que provocarla- contestó.



Foto sacada de enuncabaretambulante.blogspot.com

miércoles, 25 de junio de 2008

Historia de un libro


Había decidido darle otra oportunidad a aquel libro lleno de polvo que malvivía en lo alto de la estantería. City, de Alessandro Barrico, llevaba ahí desde hacía mucho tiempo. Esperando pacientemente su momento. Su ocasión. Fiel a su amo.
Carlos lo miró dubitativo. No me quedan ya muchos más libros por leer, pensó, no sé, este no puede estar tan mal. Y justo un año después de que su ex se lo regalara, decidió empezar a leerlo.
Pero el propósito apenas duró unos minutos. Nada más abrirlo, Carlos se topó con una dedicatoria que hizo que todos los capítulos de su vida se le agolparan de golpe. La nota rezaba así:
"Gracias por hacer oídos sordos al miedo e invitarme a traspasar contigo el arco de tu porche. Te prometo que este año no se parecerá en nada al resto. Voy a hacer todo lo que esté en mi mano para hacerte feliz. P.D: Este libro me encanta como tú".
Y entonces cerró el libro de golpe. Sugestionado. Y buscó desesperadamente por todas las estanterías otro que le quitara de sus ojos aquella frase. Que borrara de su mente aquel párrafo. Sudoroso, como un yonki en busca de su dosis, comenzó a tantear los lomos de tantos otros poniendo el cuarto patas arriba. Mierda, este ya me lo acabé hace años, joder, este también y este hace sólo un mes coño, dijo.
Los libros iban cayendo al suelo como suicidas al vacío. Tiene que haber algún otro que me quite esta sensación de angustia, exclamó.
Pero ninguno le satisfizo. Ni Millás ni Saramago ni Cortázar ni Etxebarría ni tan si quiera García Montero supieron darle consuelo. Apresurado, se vistió y fue directo a la Casa del Libro con los ojos totalmente inyectados en tinta. Pero el reloj marcaba poco más de las diez de la noche. Estaba cerrada. Desesperado, con el corazón a punto de salírsele, Carlos se acercó al Vips más cercano. Pero todos los best seller que había los tenía en casa. ¡Joder, qué mierda de tienda, qué mierda de selección de libros!, gritó. El vigilante le agarró de los hombros y lo sacó con violencia a fuera. Puto loco, le espetó. Estaba condenado.
Pudo matar parte de su mono con tres vallas publicitarias que se encontró un poco más adelante. Una sobre coches, otra sobre bikinis y la última sobre una fiesta en un barco. La visión del mar le tranquilizó algo. Se imaginó a si mismo montado en ese barco. Surcando los mares. Perdiéndose lejos, muy lejos de aquí.
Llegó a casa exhausto. Casi moribundo. Y vio la masacre de libros que había acometido en su cuarto. Joder, no sé qué me ha podido pasar, dijo. Y acto seguido, Carlos se echó a llorar. Cada lágrima fue cayendo puntual sobre el libro de Baricco. El mismo que seguía a su lado a pesar de todo.


Foto sacada del Blog http://xnem.blogspot.com/

martes, 24 de junio de 2008

Las mentes


- ¿Te gustan más los hombres que las mujeres?

- ¿En general dices? Nooo… de que sexo sea en realidad me da igual, es lo que menos me importa, me puede gustar un hombre tanto como una mujer. El placer no está en follar, es igual que con las drogas. A mí no me atrae un buen culo, un par de tetas o una polla así de gorda; bueno, no es que no me atraigan, claro que me atraen: me encantan, pero no me seducen. Me seducen las mentes, me seduce la inteligencia, me seduce una cara y un cuerpo cuando veo que hay una mente que los mueve que vale la pena conocer..., conocer, poseer, dominar, admirar…La mente, Hache, yo hago el amor con las mentes, ¡hay que follarse a las mentes!

Martín (Hache)

El problema es que no hay suficientes mentes para tantos cuerpos.



Fotograma de la película Martín (Hache). Adolfo Aristarain.

lunes, 23 de junio de 2008

La agencia de viajes al pasado


Su infancia, su adolescencia y su juventud. Eso fue lo que vio anunciado Luis en el escaparate de aquella agencia. Viajes a los 6 años. A los 15. A los 20. Y a los 30. Ofrecemos descuentos a grupos. Ofertas especiales de verano. Viaje a los mejores momentos de su vida por solo la mitad de precio. Diga adiós a la nostalgia.
Debe tratarse de una broma, pensó. Y tras vacilar unos segundos decidió entrar.
Una dependienta bien parecida le abordó desde el mostrador.
- Buenos días, caballero, en qué puedo ayudarle.
- Eh, verá, estaba paseando por la zona y me he fijado en su escaparte. Anuncian ustedes viajes a los 6 años, a los 15, a los 20 y a los 30...
- Bueno estamos empezando, pero dentro de poco habrá viajes a más años.
- ¿Se trata de una broma?
- En absoluto, somos una empresa seria.
- Pero, ¿ofrecen ustedes viajes en el tiempo?
- Al pasado, sí. Somos una agencia de viajes al pasado.
Luis se quedó ojiplático.
- Pero eso es imposible- dijo
- No, es posible. Con nuestra agencia.
- Pero me toma el pelo- insistió.
- No. Ya le he dicho que somos una empresa responsable y seria.
- Pero es imposible que ofrezcan viajes al pasado. No se puedo volver al pasado.
- Con nosotros sí. Tenemos a nuestro servicio todos los medios necesarios para hacerlo.
- Pero...¿Cómo?
- Es muy sencillo. Vimos que la gente siempre estaba quejándose y arrepintiéndose de no haber hecho tal cosa o tal otra. Y sobre todo que muchos de ellos se pasaban el día suspirando por aquel amor que dejaron marchar o por aquella historia que no pudo ser. Así que decidimos cubrir esa parte del mercado creando la primera agencia de viajes al pasado. Nos pusimos manos a la obra y voilá, aquí la tiene.
Luis seguía confuso. La dependienta le miró, sonrió y sacó un folleto.
- Veo que es usted mayor si me permite la observación. Quizá 65.
- 63- precisó él.
- Bueno, usted ha vivido prácticamente todas las etapas. Pero quizás le apetezca coger un vuelo a su infancia o a su adolescencia, ¿está usted casado?
- Viudo desde hace seis años.
- Cuánto lo siento.
- No se preocupe, la vida tiene estas cosas.
- Bueno pero ahora puede regresar si quiere al tiempo en que su mujer y usted vivían juntos. ¿Cuándo se conocieron?
- A los 20, en la universidad.
- ¡Qué casualidad justo el viaje que ofertamos!- exclamó la dependienta.
Luis le miró desconfiado.
- La verdad sigo sin creer que se pueda viajar al pasado de forma tan fácil, simplemente con desearlo. Además, es la primera vez que los veo en esta calle y paso todos los días. Y no tenía noción de que se hubiese inagurado ninguna agencia de viajes al pasado. Es algo cuanto menos inaudito, tendría que haber salido en los periódicos y en los telediarios.
- Ya le dije que estamos empezando. Todavía no estamos asentados.
- Ya- contesto Luis con ironía.
- Le propongo un trato. Una semana al pasado con una rebaja del 75%. Y además, pensión completa. Qué me dice.
- Bueno, no sé.
- Le estoy ofreciendo un 25% más de descuento en el viaje. Y además con desayuno, comida y cena.
- Ya, la oferta es buena, pero sigo sin creerme nada.
- Compruébelo usted mismo. ¿Qué puede perder?
- El dinero de la pensión. ¿Por cuánto me sale la broma?
- Con nuestra oferta especial, se le queda en 120 euros de nada. Sus 20 años valen mucho más, estoy segura. Son únicos y ahora puede volver a ellos.
Luis se quedó pensativo durante unos instantes. Miró su reloj y dijo:
- Cuánto se tarda en viajar a los 20 años.
- 8 horas de nada. Vamos, relleno la ficha en un momento y mañana mismo está volando. ¿Qué me dice?
- Está bien- dijo al fin Luis.
- Ya verá como no se arrepiente- contestó ella con una sonrisa.
La dependienta tomó sus datos. Luis pagó los 120 euros del viaje y se marchó igual de confuso que había entrado. Su avión, salía al día siguiente. Apenas pudo dormir durante la noche. Estaba inquieto, nervioso, no sabía por qué había aceptado pero la sola idea de volver a vivir aquellos años le hacía levitar sobre sus sábanas. Volver a ver a Marisa. Volver a vivir el primer beso, la primera vez que hicieron el amor, si era verdad que existía la posibilidad de viajar al pasado, aquel iba a ser el mejor viaje de su vida, pensó. A las ocho en punto de la mañana estaba en el aeropuerto. Con una maleta y un cosquilleo que le sobrecogía.
Puntual, su avión regresó al mismo aeropuerto, del que había salido, 43 años antes. La ciudad era otra. Más vieja, más hajada. Menos moderna. Estamos en los...años sesenta, ¡dios santo, era verdad!, exclamó Luis. Y casi sin aliento buscó un espejo donde mirarse. Efectivamente, tenía veinte años. Las arrugas habían desaparecido. Su cuerpo era otro. Más joven y fuerte. Y su cara había recuperado aquel halo soñador de entonces. Unas luengas melenas poblaban ahora su cabeza y coloreaban de castaño su pelo blanco. Su corazón empezó a latir tan fuerte que a punto estuvo de desmayarse sobre el lavabo. Pero logró salir del recinto y tomar un taxi.
- A dónde le llevo, caballero.
Luis cayó en la cuenta. Ya no vivía en la misma dirección, ahora tenía 20 años y se hospedaba en la misma casa que sus padres. A esto debió referirse la dependienta cuando dijo aquello de pensión completa, pensó para si. Luis le indicó la nueva dirección al taxista y en apenas quince minutos llegó a su casa. Estarán mis padres, se preguntó, llevo sin verles años, y ellos a mí, esto es una locura. La dependienta le había dado las llaves de su casa antes de salir de la agencia, de modo que Luis abrió la puerta como si aquel gesto no llegase con más de 40 años de retraso.
- ¿Hola? ¿hay alguien?- preguntó.
Pero nadie contestó. Deben de haber salido, dijo. Luis se acomodó. Se dio una ducha, se puso el mismo albornoz que tenía a los veinte años y suspiró delante del espejo pensando en Marisa. Hoy nos vamos a conocer mi amor, dijo resoplando totalmente embriagado por las circunstancias.
Efectivamente, aquel 23 de junio de 1965, las vidas de Luis y Marisa habían ido a dar como afluentes de un mismo río a uno de los pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras. Él le tiró los libros sin querer al pasar a su lado e inmediatamente se agachó a recogerlos. Fue la primera vez que se miraron a los ojos. La primera vez que su mano rozó la suya al disculparse. La primera vez que él le invitó a un café. La primera vez. Y ahora el tiempo los volvía a juntar. De nuevo. Merced a una inaudita agencia de viajes al pasado y a una dependienta bien parecida.
Luis aguardaba ahora la entrada de Marisa por el pasillo. Se había puesto la misma ropa de entonces: una camisa de cuadros de manga corta, unos pantalones grises y unos zapatos negros. Suspiraba, con el corazón en un puño. Bombeando recuerdos, tantos que sus arterias no daban a basto. Pero ella no aparecía. Se retrasaba. Luis comenzó a impacientarse. Según sus cálculos, Marisa ya debería haber aparecido. Ya tendrían que haber chocado. Ya debería de haberla invitado a un café. Tragó saliva. Suspiró por enésima vez y sus ojos se encontraron de frente con la silueta de su amada.
Era ella. Tan joven y tan guapa como lo había sido entonces cuando la conoció por primera vez. O cuando su vida expiró. Con su larga melena ahora rubia y ondulada, aquellos ojos verdes como la más dulce esperanza y ese cuerpo frágil que meses más tarde descubriría.
Tan sólo una cosa había cambiado. Marisa no llevaba ningún libro. Ni una mala carpeta. Pasó a su lado, sí, pero esta vez, no se chocaron. Nada se cayó al suelo. No hubo miradas, ni caricias, ni tan siquiera un café que postergase ese momento. Ella pasó sin caer en la cuenta de que aquel chico que aguardaba en aquel pasillo con el corazón en vilo desde hacía años, era en realidad su novio, su marido, su viudo.
Marisa se fue. Y Luis se derrumbó sobre el mismo pasillo de la Facultad de Filosofía y Letras.
Se sentía estafado, traicionado, timado. Esa misma tarde, cambió su billete para volver al día siguiente a sus 65 años. Y nada más aterrizar fue a poner una reclamación a la agencia.
- Quiero que me devuelvan el dinero.
- ¿Por qué, ha habido algo que no estuviera a su gusto?- dijo la misma dependienta.
- Todo, mi pasado no era igual a como yo lo había dejado.
- Bueno, yo le prometí un vuelo hasta los 20 años. Sus recuerdos ya son cosa suya. Ese no es nuestro mercado.
- Pero es que ese no era mi pasado. Había cambiado.
- Caballero, le repito, la empresa sólo garantiza el viaje al pasado. Y usted ha viajado hasta sus 20 años. La forma en que se lo encuentre ya escapa a nosotros. El tiempo no pasa en balde.
- Pues ha sido un fraude de viaje-espetó Luis.
- Bueno, no siempre cualquier tiempo pasado fue mejor- zanjó ella.



Cuadro La persistencia de la memoria. Dalí

domingo, 22 de junio de 2008

Rollitos de primavera


Al día siguiente era domingo. No tenía mucho que hacer. Había pasado la mañana en el Rastro, buscando una lámina en concreto por todos los puestos de pintura. Pero nada. Aquella mañana, la hermana de Dalí se me resistía. Comí en un bar cercano. Un par de cervezas y un pincho de tortilla.
Llegué a casa pasadas las tres. Miré el teléfono con ansia. Pero tú también te resistías.
Pasé la tarde leyendo, buscándote entrelíneas. A las diez sonó el timbre. Abrí la puerta y ahí estabas dispuesta para mí en mi imaginario apostada sobre el marco.
Pagué la cena al chino y cené en silencio. No existen menús para solo una persona, pensé. Todo está montado para tener que hacer las cosas en pareja. Mientras desmenuzaba mi rollito, me acordé de la escena de Lucía y el sexo, cuando Paz Vega pide una paella en la terraza y le dicen que el pedido mínimo es para dos y ella se larga llorando. Qué gran película.
Te obligan a tener a alguien a tu lado, aunque os odieis, aunque lo único que tengáis en común sean vuestros nombres en el buzón. Te instan a ser dos, un dúo, Romeo y Julieta, Harry y Sally, Robin y Marian, La Bella y la Bestia, Aladdin y Yazmín, Shreck y Fiona...para comer, para pagar un piso, para ir a una boda. ¿Y si no te apetece o simplemente revindicas tu espacio y el vivir juntos pero separados? Te jodes, no comes, o pagas más, y por supuesto, olvídate de hacerte cargo de una hipoteca tu sólo. El mundo es par. Los impares están mal vistos. Desentonan.
El caso es que apenas cené. Me fui a la cama sugestionado. Tal vez porque esta sociedad avanza cada día cinco pasos más y yo sigo en la línea de salida buscando mi sitio o porque hoy no llamaste, y mañana es lunes, y no estarás aquí cuando suene el maldito despertador.



Foto sacada de conlasmanosenlagrasa.blogspot.com

sábado, 21 de junio de 2008

Hostales


Hay algo en los hostales que nos define. Que saca lo peor de uno mismo y a su vez, la parte más vulnerable, más sensible. Como un bisturí disecciona ese lado brusco, salvaje que acaba eyaculando sobre las sábanas y deja al aire, ese otro más profundo que se abraza con ternura como un animal herido en busca de consuelo. Porque en el fondo no somos más que cuerpos buscando refugio donde creernos a salvo aunque sea en corazones de dos estrellas, cuando las ganas aprietan poco importan los galones. El follar es un pose. Detrás hay todo un elenco de carencias.
Hay algo en los hostales que nos define. Quizás porque cada hostal tiene algo de nosotros o nosotros de hostal.


Foto sacada de almadebandoneon.blogspot.com

viernes, 20 de junio de 2008

Quique


Caminaba por la Gran Vía ajeno al tránsito. Chupa marrón, pantalones de pitillo y botas de hevilla. Menudo y flaco, como toda estrella de rock. Iba desenvolviendo un disco, quizás de algún amigo. Algún peatón fruncía el ceño a su paso, la mayoría seguía a sus quehaceres sin percatarse de su presencia. El tipo de fama que no pesa, que no acorrala, que no mata.
En mis tímpanos, casualidades de la vida, sonaba su último disco. Sonreí. Estas cosas, pasan por algo, pensé. Hacía años que nos debíamos este encuentro. Demasiadas resacas juntos. Yo en carne, él en voz. Demasiados recuerdos fiados. Como kamikazes enamorados en la ciudad del viento.
A todas mis ex les había hablado de él. De sus canciones, de su forma de entender la vida. De esa manera que tiene de convertir la nostalgia en algo tangible a lo que poder besar. A todas les había puesto algún disco suyo en noches de luna llena.
Y ahora lo tenía delante mío, andando lento, acompasado por la Gran Vía, Madrid abajo. No podía dejarlo escapar.
- Quique - dije casi tartamudeando.
- Hey qué tal- contestó girándose.
- Fíjate como son las cosas, he salido de currar. He encendido el mp3 y al doblar la esquina, justo cuando sonaba Hay partida, me he topado contigo.
- Vaya - sonrió.
- Es un pedazo de disco.
- Gracias por saberlo apreciar.
- Gracias a ti por componer Se nos iba la vida.
- Alguna ex por ahí, ¿no?
- Alguna, alguna- concluí con una sonrisa.
Sin darme cuenta había cerrado una etapa de mi vida. Nos despedimos y al llegar a casa pude escuchar por primera vez Salitre o Rompeolas sin hundirme en la arena imaginaria de aquellas playas que se nos quedaron pendientes. Sin que se me fuera la vida en olvidarte. Ya no.


Foto sacada del disco de Quique González "Avería y redención"

jueves, 19 de junio de 2008

Domestícame


"ENTONCES apareció el zorro:

-¡Buenos días! -dijo el zorro.

-¡Buenos días! -respondió cortésmente el principito que se volvió pero no vio nada.

-Estoy aquí, bajo el manzano -díjo la voz.

-¿Quién eres tú? -preguntó el principito-. ¡Qué bonito eres!

-Soy un zorro -dijo el zorro.

-Ven a jugar conmigo -le propuso el principito-, ¡estoy tan triste!

-No puedo jugar contigo -dijo el zorro-, no estoy domesticado.

-¡Ah, perdón! -dijo el principito.

Pero después de una breve reflexión, añadió:

-¿Qué significa "domesticar"?

-Tú no eres de aquí -dijo el zorro- ¿qué buscas?

-Busco a los hombres -le respondió el principito-. ¿Qué significa "domesticar"?

-Los hombres -dijo el zorro- tienen escopetas y cazan. ¡Es muy molesto! Pero también crían gallinas. Es lo único que les interesa. ¿Tú buscas gallinas?

-No -díjo el principito-. Busco amigos. ¿Qué significa "domesticar"? -volvió a preguntar el principito.

-Es una cosa ya olvidada -dijo el zorro-, significa "crear lazos... "

-¿Crear lazos?

-Efectivamente, verás -dijo el zorro-. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos. Y no te necesito. Tampoco tú tienes necesidad de mí. No soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo...

-Comienzo a comprender -dijo el principito-. Hay una flor... creo que ella me ha domesticado...

-Es posible -concedió el zorro-, en la Tierra se ven todo tipo de cosas.

-¡Oh, no es en la Tierra! -exclamó el principito.

El zorro pareció intrigado:

-¿En otro planeta?

-Sí.

-¿Hay cazadores en ese planeta?

-No.

-¡Qué interesante! ¿Y gallinas?

-No.

-Nada es perfecto -suspiró el zorro.

Y después volviendo a su idea:

-Mi vida es muy monótona. Cazo gallinas y los hombres me cazan a mí. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres son iguales; por consiguiente me aburro un poco. Si tú me domesticas, mi vida estará llena de sól. Conoceré el rumor de unos pasos diferentes a todos los demás. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra; los tuyos me llamarán fuera de la madriguera como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves allá abajo los campos de trigo? Yo no como pan y por lo tanto el trigo es para mí algo inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada y eso me pone triste. ¡Pero tú tienes los cabellos dorados y será algo maravilloso cuando me domestiques! El trigo, que es dorado también, será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo.

El zorro se calló y miró un buen rato al principito:

-Por favor... domestícame -le dijo.

-Bien quisiera -le respondió el principito pero no tengo mucho tiempo. He de buscar amigos y conocer muchas cosas.

-Sólo se conocen bien las cosas que se domestican -dijo el zorro-. Los hombres ya no fienen tiempo de conocer nada. Lo compran todo hecho en las tiendas. Y como no hay tiendas donde vendan amigos, Ios hombres no tienen ya amigos. ¡Si quieres un amigo, domestícame!

-¿Qué debo hacer? -preguntó el príncipito.

-Debes tener mucha paciencia -respondió el zorro-. Te sentarás al principio ún poco lejos de mí, así, en el suelo; yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no me dirás nada. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca...

El principito volvió al día siguiente.

-Hubiera sido mejor -dijo el zorro- que vinieras a la misma hora. Si vienes, por ejempló, a las cuatro de la tarde; desde las tres yo empezaría a ser dichoso. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, descubriré así lo que vale la feliçidad. Pero si tú vienes a cualquier hora, nunça sabré cuándo preparar mi corazón... Los ritos son necesarios.

-¿Qué es un rito? -inquirió el principito.

-Es también algo demasiado olvidado -dijo el zorro-. Es lo que hace que un día no se parezca a otro día y que una hora sea diferente a otra. Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. Los jueves bailan con las muchachas del pueblo. Los jueves entonces son días maravillosos en los que puedo ir de paseo hasta la viña. Si los cazadores no bailaran en día fijo, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.

De esta manera el principito domesticó al zorro".

El Principito - Antoine de Saint-Exupéry


Pero cuando más domesticados estábamos, decidiste marcharte y a mí no me quedó más remedio que volver a ser un animal salvaje...



Viñeta de El Principito

martes, 17 de junio de 2008

El maleficio bisiesto


Isabel nunca había creído en las casualidades, hasta que se encontró con Clara. Sentada en su asiento. En el mismo sitio que le correspondía a ella según su billete de tren. El 4b. Sin quererlo, estaban en el mismo lugar, a la misma hora y ambas, en el mismo sitio.
Isabel volvió a cercionarse de que su ticket marcaba ese asiento y acto seguido se dirigió a Clara con cara de circunstancias.
- Perdona, pero creo que este es mi sitio.
- Debe de haber un error, mi asiento es este, el cuatrobé.
- No puede ser, yo tengo este asiento, lo pone en mi billete.
- En el mío también.
- Ah, pues entonces habrá habido un error porque no puede haber el mismo asiento para dos personas.
- Pero sí dos personas para el mismo asiento- respondió Clara con una sonrisa.
Isabel se ruborizó.
- Si quieres me cambio, no me importa.- propuso cortés ella.
- No, no hace falta, gracias, puedo sentarme en el de al lado. El problema es si viene alguien.
- Bueno, no creo que mucha gente vaya a Coruña un lunes a las seis y treinta y cinco de la mañana.
- No, la verdad es que no. - dijo riendo Isabel.
Hechas las presentanciones, Isabel dejó su maleta en la estantería de arriba, justo al lado de la de Clara, y comenzaron a charlar. Ambas trabajaban en lo mismo. Eran periodistas. Y las dos, iban a Coruña por un tema de trabajo. Ella a entrevistar a un escritor que acababa de pegar el pelotazo con su primera novela. Y Clara a dar una conferencia a la Universidad de Santiago.
- ¿Podrías haber cogido el avión hasta Compostela, no?.
- No me gusta viajar en avión, prefiero el tren. Además, los trenes tienen ese halo bohemio e inesperado que hace que cualquier cosa pueda pasar. Por ejemplo, nosotras.
El uso del plural, despertó en Isabel un cúmulo de sentimientos encontrados. Se sentía demasiado a gusto con Clara pero también le resultaba demasiado extraña esa sensación. Intentó restarle importancia a su encuentro, o a sus pensamientos, haciendo ver que su situación no era más que una simple coincidencia.
- Yo es que intenté reservar en Iberia, pero no había plazas.
Clara se dio cuenta de aquel mensaje hostil y suavizó sus palabras. Llevándola de nuevo a su terreno. Hasta el punto que Isabel bajó nuevamente la guardia y la conversación volvió a girar sobre su eje. Así compartieron durante el trayecto anécdotas, inquietudes, risas, y hasta confidencias:
- En realidad, era mi chica. Soy lesbiana. Espero no te importe.
Isabel bajó la mirada y contestó:
- No, tranquila. Cada cual es muy libre.
- Por qué no me miras a los ojos.
Isabel levantó de súbito la vista.
- Claro que te miro.
- No, cuando te he confesado que me gustaban las mujeres has desviado la mirada.
- Qué va, no, en absoluto.
- Eso es que te pongo- dijo Clara mordiendo sensualmente su labio inferior.
- ¡¿Cómo?!
- Ja, ja, es broma, tonta, sólo estaba quedándome contigo.
Isabel rió tímida.
Durante unos minutos ambas se mantuvieron en silencio. Isabel mirando por la ventana y Clara observando ensimismada el resto de asientos vacíos. Al poco, una azafata pasó a su lado con la bandeja del desayuno. Isabel pidió el menú salado: un sandwich, zumo y un refresco. Clara el dulce: zumo, café y un croasán. Dio un par de sorbos y dijo:
- ¿No te da miedo?
- ¿El qué?
- Viajar un 29 de febrero.
- ¿Por qué?¿Hay algún tipo de leyenda urbana sobre los años bisiestos?
- No, pero puedes quedarte atrapado en uno. Imagínate que hoy te enamoras de alguien. Sería un amor bisiesto. No volverías a ver a esa persona hasta dentro de cuatro años. Caerías bajo un maleficio.
Isabel frunció el ceño.
- Nunca lo había pensado así. Pero, siempre- añadió sonriendo- hay un hechizo para todo maleficio.
Clara rió y le besó instintivamente en la mejilla.
Había comenzado a amanecer. Por la ventana se divisaban ya las primeras casas y paisajes. Ellas continuaron charlando, ajenas. Sólo interrumpidas durante un breve instante por la azafata que volvió para llevarse las bandejas. Isabel había dejado entonces de sentirse confusa. Estaba cómoda con Clara. Ahora le hablaba de su ex novio. De cómo habían acabado. Le contaba que estaba intentando superarlo, pero que le costaba horrores despertarse sin él. Se sentía sola y se pasaba el día llorando: en la calle, en su trabajo, en casa. Él, le explicaba, había dejado de quererla de la noche a la mañana. El sábado me dijo que me amaba y el lunes se marchó de casa dejándome sólo una nota, le explicó. Su pequeño piso era ahora un palacio de vivencias, costumbres y rutinas que la superaban.
Dos semanas después de eso, Isabel conoció a Clara. Movido por toda una red de casualidades tejidas una a una aquella fría mañana de febrero: Estar en el mismo sitio, a la misma hora y que el dependiente que las atendió les hubiese impreso el mismo billete con el mismo asiento, por error o aposta. Ser las dos periodistas y tener que viajar a Coruña para cubrir diferentes pero iguales eventos culturales. Y que ambas, por sus razones, hubieran cogido el tren y no el avión.
Casi sin enterarse, el viaje tocó a su fin. El tren entró en la estación de Coruña pasada la hora de comer. Y ambas se despidieron sobre el andén. Sus caminos tomaban ahora, direcciones distintas.
- Ha sido un placer conocerte, Isabel. Me ha encantado hablar contigo.
- Lo mismo digo, Clara. Para mí...
Pero no pudo terminar la frase. Tenía los labios ocupados. Clara se había apresurado a besarla.
No se dijeron más. Tan sólo se miraron y sonrieron. Clara se marchó dirección arriba y ella, abajo.
Al día siguiente, Isabel se despertó confusa, perdida, como si de repente estuviera enjaulada en su propia vida. Como si hubiese caído en un maleficio.



Foto sacada de www.todovariedad.files.wordpress.com/

Sólo amigos


Susana dio una calada y dijo:

- ¿Tú crees que el amor dura sólo tres meses como dicen?
- El correspondido, sí. El no correspondido, toda la vida.


Foto sacada del Blog China VillaMellera

Déjà vu


De espaldas, todas las mujeres que veo se parecen a ti. Todas tienen el pelo negro y ondulado. Todas la piel morena y todas un culo respingón. Sin embargo, cuando paso a su lado y me fijo mejor, ninguna de ellas es como tú.


Collage de Ana Porras

domingo, 15 de junio de 2008

Amor


- Esa pareja no se quiere.
- ¿Cuál?
- Esa que va caminando por la otra acera.
- ¿Por qué no se quieren?
- Se les nota.
- Van cogidos de la mano.
- No de la forma en que se cogen de la mano una pareja que sí se quiere. Van arrastrándose.
- Lo mismo ellos miden el amor de otra forma, no según se cojan de la mano.
- Es igual, hay cosas que son universales. Y la forma en que caminan juntos, no denota amor. Sino compasión.
- ¿Estás tratando de decirme algo?
- Quiero dejarlo. No estoy bien.
- ¿Cómo?
- Ya no me encuentro a gusto. Quería que lo supieras.
- ¿Te puedo hacer una pregunta?
- Sí, claro.
- Cuando antes me has cogido de la mano, ¿me querías?
- Sí. Pero eso no cambia nada. Yo te quiero pero no puedo estar contigo.
- ¿Por qué no?
- Porque no es suficiente con quererte. Dos personas pueden quererse mucho y no necesariamente estar juntas.
- O estar juntas, y no quererse.
- Eso es compasión.
- ¿Y lo nuestro?
- Amor.
- No, desamor.
- La raíz es la misma.


Foto de Alberto Sola

viernes, 13 de junio de 2008

Soledades


La gente cada vez se siente más sola. Es el mal de todas las grandes capitales. Demasiadas personas y pocos sentimientos. En las grandes ciudades, suele haber más coches que abrazos. Más oficinas que besos. Preocupa más instalar cámaras de videovigilancia y saber en cada momento lo que pasa fuera, en cada esquina, en cada rincón de las calles, que conocer lo que sucede dentro de cada uno. En Madrid, hay ya seis millones de habitantes, pero más de la mitad, o las tres cuartas partes, se sienten solas. Cuando están rodeadas de gente. Curioso.
En realidad, no hay mayor soledad que saberse acompañado y sentirse solo. Al menos, es la más triste de todas. En ese sentido, el metro es un museo de soledades. Por un euro, uno puede contemplar todo un surtido de sombras, de miradas cabizbajas, de pasos apesadumbrados, de cuerpos sin rumbo, etc. Y un sin fin de cuadros más. Todos los días hay nuevas muestras.
Pero eso no es todo, si uno se queda con ganas de más, siempre puede darse una vuelta por la avenida central o el paseo de cualquier gran ciudad, llámese Gran Vía o Las Ramblas. Ahí el espectáculo, es gratuito. La ciudad ofrece al respecto, enormes posibilidades de sentirse solo.
Por eso la gente cada vez consume más libros de autoayuda. Y las consultas de los psicólogos están cada vez más llenas. Por eso los terapeutas son el quinto poder. Y los bares cada vez cierran más tarde.
Una persona que se siente sola y desamparada, es un negocio. Sus miserias, dan dinero. Alimentan una familia. Qué crueldad.
No sé a vosotros, pero a mí este mundo, cada vez me da más miedo. Ya no se respeta ni la soledad de uno. Cuando no hay nada más personal e intransferible que uno mismo.


Foto sacada de www.zonalibre.org

jueves, 12 de junio de 2008

Una historia casual


Javier y Lucía se buscaban sin saberlo desde hacía mucho. El problema es que nunca coincidían. Él, trabajaba de día como funcionario y ella tenía horario de noche en el antro del centro donde servía copas hasta el amanecer. Para bien o para mal, su bar, era el único de la zona, que cerraba más tarde que el resto y no cobraba entrada. Así que a eso de las tres y media, a Lucía se le amontonaba el trabajo. En eso se parecían. Lo primero que veía Javier al llegar a las ocho a su oficina, era una pila de papeles amontonados llenos de peticiones y reclamos. En el fondo, su trabajo era el mismo. Despachar educadamente a infinidad de personas distintas.
A eso de las cinco y media, Lucía, echaba el cierre como podía, intentando mantener las buenas maneras. Esto no está pagado, solía decirle a su compañero, mientras medio arrastraba a los últimos borrachos hasta la puerta. Después resoplaba exhausta y se servía una copa de ron añejo bien frío. El bar adquiría entonces una visión distinta. El mejor momento del día, era precisamente ese. Cuando los Cure, empapaban las cuatro paredes desconchadas del garito y por su garganta, el brugal se deslizaba helado. Era su ritual, que solía alargarse hasta las siete y media de la mañana. Su momento. En el que sólo estaba ella y sus pensamientos. Su compañero, se marchaba nada más recoger.
Javier era un tipo de costumbres. Se despertaba a las seis, salía de la ducha a las seis y cuarto y a las seis y media ya había desayunado. Siempre el mismo menú: café cortado, dos tostadas de mantequilla, un vaso de zumo de naranja y una pieza de fruta. De modo, que a las siete menos cuarto ya estaba montado en el bus rumbo al trabajo. Menos ese día. En el que el despertador no sonó a la hora en que debía. Y él se quedó dormido. Se levantó pasadas las siete de golpe y aturdido, vistiéndose a trompicones. Con la hora pegada y el aliento de su jefe chillándole en la nuca. En la otra punta de la ciudad, Lucía se marchaba a casa más pronto de lo habitual con la excusa de un insoportable dolor de cabeza. Apenas probó aquella mañana ni tres sorbos de su vaso de ron.
Los dos cogían el mismo autobús sólo que a horas distintas y por motivos diferentes. Él para ir a trabajar y ella para volver del trabajo. Pero aquel día sus rutinas fueron a dar a la misma parada y en la misma hora. De incógnito, en una cola de seis personas.
Javier, con la corbata mal anudada, la chaqueta arrugada y un aspecto desaliñado, despertó la atención de Lucía nada más sentarse. Otro que viene de fiesta, pensó. Y debe de haberse gastado todo el dinero en copas, porque no tiene ni para el bus.
Javier le entregó al conductor varias monedas de diez céntimos. Discúlpeme pero es que he salido con prisas de casa, me he levantado tarde y...Ya, ya, no me cuente historias, tiene o no tiene el euro. Sí, sí, tome, juntando esta moneda de veinte y estas de diez, llega.
Cabizbajo fue a sentarse al final del autobús pero al pasar por delante de Lucía no pudo evitar levantar disimuladamente la vista y fijarse en ella. En su rimel corrido y en su aspecto desarreglado. Su camiseta manchada, y ese pelo apelmazado, le reconciliaron consigo mismo. Otra que no se ha podido arreglar para ir a trabajar porque como a mí, tampoco le ha sonado el despertador, dijo para si. Y ambos comenzaron a sentirse mejor. A Lucía, dejó de dolerle la cabeza y a él, la culpa, dejó de golpearle en la nuca.


Foto sacada del Blog El unicornio azul

Breve historia de blues


Cuando la conocí, ella estaba aún recuperando su vida de antes. Intentando reponerse de un desengaño. Poniendo al día viejas costumbres, una agenda de amigos en standby y haciendo acopio de antiguos lugares que había ido dejando en la cuneta. El amor, a veces, pasa de ser rutinario a ser huérfano de costumbres y los bares de siempre cierran antes y el olvido ya no invita a una última ronda. Y te ves, volviendo al mismo lugar del que saliste, mucho más viejo, mucho más cansado. Y tu vida pesa el doble pero tienes la mitad de fuerzas.
Ella me contó tras un par de cervezas, que hacía meses que no se dejaba caer por aquel antro de jazz al que solía ir antes y en el que estábamos ahora. Que durante todo este tiempo había frecuentado otros bares, recomendados por su pareja de entonces, ahora ex novio, un arquitecto que resultó estar casado y tener, además de ella, una segunda amante. De tal manera que Cupido, una vez más, le había servido garrafa. Y ella se encontraba ahora descompuesta y con resaca.
No sé realmente si soy los cuernos de su mujer o de la otra, qué fue antes el huevo o la gallina, me preguntó. Hombre, depende de a quién conociera antes, contesté. Quizás su mujer sea los cuernos de su amante, vete a saber. Un anillo no tiene carácter retroactivo. Lo mismo la conoció a ella mucho antes de casarse con la otra. Y la que es la amante oficial, sea en realidad, la cornuda y apaleada. Te ponen los cuernos y encima se casa con la querida, ya hay que tener mala suerte. O ser muy mala en la cama, río ella con crueldad. Los cuernos por lo general, son diacrónicos. Si tú has sido la última en llegar, puedes estar tranquila. Aquel comentario bastó para que se tranquilizara y cambiáramos de tema.
Te pido algo, me preguntó. Un tercio de mahou. Pero no llegué a verlo. De camino a la barra, se encontró con un viejo conocido, tenía que serlo, nadie se abraza a otro con tanta efusividad si no se conocen de antes o van puestos hasta el culo o ambas cosas. En apenas segundos, se formó un corrillo de gente a su lado, músicos en su mayoría. A simple ojo, pude divisar a un trompetista, un saxofonista y una percusionista. Me imaginé la conversación entre ellos. Cuánto tiempo sin verte. Ya es que he estado muy liada. Entre las clases, el curro y tal. Qué es de ti, ¿te echaste novio, no? Bueno... sí. Y qué tal, ¿seguís?Bueno...ahí andamos.
Sabía que no les confesaría los (no) cuernos. Por lo general, cuando la primera pregunta de alguien, al que hace tiempo que no ves, es sobre tu vida personal, más que ponerse al día, le interesa machacarte con alguna respuesta del tipo: Ay sí, lo dejasteis, eso es que está con otra, bueno, algo harías tú, etc etc.
Pero esta vez no se habían salido con la suya. Ella estaba sonriente. En su salsa. Había pasado la prueba. Saludaba a diestro y siniestro a todas las personas que pululaban a su alrededor. Era el centro de atención. Precisamente era lo que más necesitaba en ese momento, sentirse querida. Aunque fuera de mentira.
Por mi parte, decidí abrirme paso entre la multitud de espaldas sudorosas que poblaban el ambiente y alcanzar a nado esa isla perdida en medio del océano que era la barra. La camarera me esperaba al otro lado enjuagando un vaso. Me cobré la espera con intereses. Pedí jack daniels cola. Cuatro músicos tocaban en el escenario un blues. Pero no llegaba a ser excesivamente melancólico, digamos que era un blues con pinceladas de jazz. El acompañamiento perfecto, pensé. Ni demasidado alegre, ni demasiado triste. Como mi estado de ánimo en ese momento.
El humo de centenares de cigarrillos resplandecía en el aire formando multitud de palabras hilvanadas por la música. Soñar, amar, follar, acariciar, saborear, sentir, querer, odiar, flotar...
Entonces, la música comenzó a crecer, clavándose en mi pecho. Realmente no sabría decir a ciencia cierta, si mi corazón latía o percusionaba. Miré hacia atrás, buscándola con los ojos. Y allí seguía. Rodeada de aquel grupo. En aquel momento y de aquella forma, quise acercarme y arrancarla de ellos para besarla. Recitarle los versos de aquel 'jazzblues' que fluía ahora como mi sangre: trepidante y a borbotones. Dejarme llevar por la música y mi arrebato. Coger su mano y colmarla en mi pecho. Que ella también percusionase conmigo.
Pero entonces, y sin mediar palabra, el ritmo paró de golpe. Frenó en seco y mi corazón volvió a latir, como un blues normal. Ni demasiado triste, ni demasiado alegre. Y el breve estado de enajenación, cesó. Como una descarga, como un orgasmo. Me sentía exhausto. En ese momento, lo vi claro como pocas veces en la vida. Tuve una revelación. Tan simple como profunda. Comprendí que yo también tenía un antes, y que no estaba en sus labios. Ni tampoco en ese antro de jazz.
De modo que apuré mi whisky, la miré de lejos sin que ella recabara y me marché.


Foto sacada de la página www.photoshop-designs.com

martes, 10 de junio de 2008

La chica de los párpados morados


Todos los días la veo acodada en la misma esquina. Con sus vaqueros rasgados, sus tacones de aguja salpicando su porción de baldosa, su chaqueta vaquera, minúscula y menuda como su cuerpo, y esa sombra de ojos morada que resalta esa mirada triste que esconde tras una pose de femme fatale. A veces una pincelada equivocada, o un mal trazo, pueden reblandecer el mas firme de los maquillajes y dejar al descubierto todo un abecedario de carencias. Por algo se dice que la cara es el espejo del alma.
Siempre que paso a su lado me lanza tres frases de formación profesional. En un castellano del este. Demostrando que no hay lenguas en el mundo sino labios. Ambos nos miramos y sonreímos. Y aunque yo sé que sólo soy uno más en su lista y ella sabe que yo jamás sacaría del bolsillo ningún billete morado como sus párpados, a los dos nos gusta pensar, que para el otro, uno es único y que nuestros breves encuentros ni se compran ni se venden.
Todos los días al cruzarnos, mantenemos el mismo diálogo, a la misma hora y con las mismas palabras. Y durante ese rato, el mundo es menos infame. Y su baldosa mojada y hajada donde repiquetea todas las tardes, se convierte en una terraza donde ella y yo tomamos café y me habla de su Rumanía natal, y me cuenta que está harta de ir en el metro en hora punta y que le toquen el culo, de no poder llegar a fin de mes, de que le deban horas extras, de que no pueda pagarse un piso, de no poder irse de vacaciones, de que suban el precio de la gasolina, el pan, la leche, la luz....
Pero al doblar la esquina, el mundo vuelve a girar a la inversa, y yo sigo rumbo al trabajo y ella traga saliva porque un viejo se le acerca.


Foto de Chema Madoz