viernes, 1 de julio de 2016

La épica del derrotado (y 2)

Foto de Dasha Petrenko
Siempre que me cuentan una historia de superación personal, pregunto lo mismo: "¿Y usted nunca quiso tirar la toalla, nunca se hartó?". Da igual que sean escritores, políticos o amas de casa. A casi ninguno le gusta profundizar en este asunto. Me suelen decir que síperorápidamenteseguíluchando. Como si no quisieran detenerse en ese aspecto de la historia. Como si ser -o haber sido- vulnerable le restara épica a su proeza cuando, opino, es al contrario. A la mayoría no les gusta reconocer, en fin, la realidad: que sí, que pasaron por momentos no ya de querer tirar la toalla, si no de querer arrojarse ellos mismos. De decir basta, aquí me quedo. Lo sé porque, al final, suelen confesarse fuera de entrevista: "Pero esto es algo muy personal, no lo pongas".

Hay políticos que tienen menos dinero en la cuenta del que se les presupone porque su ascenso en el partido fue en paralelo a su divorcio. Y las preguntas sobre transparencia, le duelen. O escritores que tuvieron miedo -pavor- a verse publicados y no gustar. Pero lo que trasciende son sus méritos, a secas. Estarán conmigo en que lo uno, sin lo otro, no se sostiene. Qué quieren que les diga: todo ese relumbrón de película de sobremesa, sin un contexto ni una explicación, me aburre y hasta me crispa. Sobre todo porque se traslada -trasladamos, los periodistas- el mensaje equivocado: que el éxito está ahí. Esperándote con el motor en marcha y dos billetes a Punta Cana en la guantera. Y no.

Creo que deberíamos dignificar un poco más el fracaso. A fin de cuentas, es lo único que nos iguala.

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La primera parte, por si no han pinchado en el enlace del texto, es ésta

sábado, 18 de junio de 2016

De esa forma

Mi abuela se casó dos veces. Pero solo se enamoró una: la segunda. De un señor que además se estaba separando de su respectiva. Un follón, vaya. Pero aquel hombre, que luego fue mi abuelo en usufructo, le llevó el desayuno a la cama a mi abuela hasta el último día de su vida. Quizás esto explica la diferencia. 

Yo solía ver la escena por encima de mis libros de Wally. Con una mezcla de fascinación y de vergüenza. “Pero no te acostumbres”, le decía muy serio. Y ella sonreía. Porque al día siguiente, mi abuelo volvía a hacer lo mismo. Y también al otro. Y pasado un mes. De modo que al final quien se terminó acostumbrando, ya lo ven, fue él. 

Mis padres solían dejarme con ellos algunos fines de semana. Pero entre semana, mi abuelo entraba sigiloso en la cocina. Y hacía lo siguiente: se llevaba el dedo a la boca, para que no dijera nada, y sorprendía a mi abuela por detrás con alguna canción que le tarareaba, sin letra casi, al oído. Normalmente, La flaca o algo de Juan Luis Guerra. A ella, naturalmente, se le quemaban las croquetas o las patatas o se le pasaba el guiso. O todo a la vez. Les confieso que no he visto a nadie quererse de esa forma.


[Tres años sin ti].

miércoles, 2 de marzo de 2016

Quien lo notó, lo sabe

Pareja en un bar parisino. Paul Almasy
En la cafetería suena Te dejé marchar mientras una pareja rompe en futuro. Es decir, todavía no ha ocurrido. Pero está al caer. Ese silencio y sobre todo sus caras les delatan. Se tratan ya en pasado. Quien lo notó, lo sabe. Aunque todavía no han valorado las consecuencias. Es la letra, en fin, la que va desfasada. Les miro por encima del periódico mientras leo, de soslayo, que Pedro Sánchez ha ganado una votación que no era vinculante. Que es como preguntarle a tu expareja si todavía te quiere. En el bar, además de ellos, hay un hombre que pide un cruasán poco hecho. Y otro que grita que los jugadores del Real Madrid son todos unos mercenarios. Las rupturas nunca son glamurosas. Y además todas se parecen. Solo cambian los rostros y la comanda. En la mía, por ejemplo, un tipo pidió un poleo de menta y su pareja un café cortado. Y había también un señor que leía el Marca. El mundo no se detuvo por nosotros. Que es lo peor, acaso, de todo esto. Comprobar que lo vuestro tampoco era vinculante.  

"Yo sabía que te quería y te traje dentro de mí. Pero te dejé marchar". Luz Casal no puede ser más elocuente. Les está advirtiendo del frío que hace fuera de la cama. Les aconseja, en fin, que no se precipiten. Pero la decisión ya está tomada: ella no ha tocado su té. Y a él se le ha enfriado el café con leche. Yo no sé. Pero hay un momento en que todo hace ¡clic! ¡Clac! ¡Boom! O como sea que suenen las parejas rotas. Y ya no hay vuelta atrás. No me refiero a los diversos altibajos que se puedan tener. Sino a ese último clic que cuando estalla no es un simulacro. Por eso es fácil intuir lo que pasará en apenas diez minutos: él chasquea los labios como queriendo decir algo. Pero ella echa hacia atrás la silla -riiiiiiiiuuuuun- se levanta y susurra: "Me voy". De tu vida, de este bar, de casa y hasta puede que de la misma ciudad. Me voy. Me marcho. Boom. Clic. Clac. Y el mundo, la vida, en efecto, continúa: "Lo que yo te diga. ¡Unos mercenarios! ¡Y el peor, Florentino! Oye, niño, ponme otro botellín y cóbrame esto". 


Tal vez deberían incluir una sección de rupturas y desengaños en el periódico de gente corriente. Tipo: "Ayer rompieron Juan y Juana. Llevaban 15 largos años juntos. Sus amigos opinan que han hecho lo mejor. Pero a última hora de la tarde ellos seguían sin tenerlo claro". Algo que dignifique todo este trance. Sacar del olvido -y de las cafeterías, parques, dársenas o pasos de cebra- todos esos silencios. Yo qué sé. Reconocerse entre líneas cuando la historia ha terminado. Que romper no sea solo una comanda de la que hacerse cargo. 

miércoles, 13 de enero de 2016

Un cocido estupendo

Refugiados españoles en Francia
Los exabruptos llegan desde la mesa de atrás. Escucho: “Los españoles no fuimos a Alemania a violar mujeres y a poner bombas; fuimos a trabajar”. Hago el amago de girarme para ver quién ha dicho eso, pero tengo delante un cocido estupendo y no me apetece que nadie me lo joda. Por el tono distingo a un hombre mayor; de unos 60 años. Continúa: “No, no, déjame terminar. Porque es la VERDAD”. Lo dice así, en mayúsculas. “Entre los refugiados no hay más que gentuza”. Pienso en los 220.000 españoles que, en efecto, se marcharon de España para buscarse la vida. Algún navajero habría, por pura casuística. Pero, ¿significa eso que todos los hombres, mujeres y niños que huyeron de la Guerra Civil se daban a la chirla y al tirón de bolsos? La pregunta se responde sola. En fin, concluyo. Es la opinión de un carca. Y por suerte cada vez son menos. Sigo a mi cocido, estupendo, pero entonces ocurre lo siguiente: el hombre viejo se levanta para pagar y resulta ser un treintañero. Carca. Pero treintañero. Y con maneras además de tener algo de poder. Quizás jefe de algún departamento comercial o financiero. Alguien que manda o dirige y que, presumiblemente, llegará aún más lejos. Y entonces, mecagoensuputamadre, el cocido se me atraganta. Estamos en manos de miserables.

viernes, 8 de enero de 2016

Memoria urbanística

Fotograma de Annie Hall
Son malos tiempos para conservarse. El páramo donde me di mi primer beso, por ejemplo. Es un chalé. Algún hijo de puta edificó sobre nosotros y cercó sus labios. Y hoy, tantos años después, me impide el paso a mi propio pasado en una suerte de alzheimer urbanístico. O el cine donde ella me dejó sin ni siquiera entrar a ver la película. Leí que el Ayuntamiento de Madrid planea convertir la cara de bobo que se me quedó en un supermercado. Para filetear, acaso, mi extrañeza. Esa que siempre que paso por ahí me susurra: "Dos entradas, no. Solo una". Podría ser peor. Podrían haber montado un Primark. Y rebajar nuestra historia. Convertirla en una franquicia. Algo estándar. Como si lo nuestro se hubiera parecido a algo. Son malos tiempos, ya les digo. Aunque, en realidad, ¿cuándo han sido buenos?

Hay más casos. Declaraciones de intenciones que hoy son tiendas de alimentación, dársenas o, peor aún, sucursales. Todo el amor que nos tuvimos en manos de buitres sin fondo. Hay que joderse. Habría que vengar nuestra memoria a pedradas, ¿no te parece? Todas las memorias de esta ciudad. Recuperarnos de algún modo. Una placa que diga: en esta esquina empezó todo. Aquí nos fuimos a pique. En esta parada te dije no te marches. Yo qué sé. Algo. La otra opción que se me ocurre es recalificarnos. Entrar en ese mercado, muy decidido, y ver la cara que se le queda al pescadero al pedir cuarto y mitad de olvido.

viernes, 21 de agosto de 2015

Buenismo sentimental


La persona que más he querido en mi vida, que más daño me hizo y a la que más temía encontrarme, se sentó el otro día a mi lado en el Metro. Como si tal cosa. Con esa naturalidad aterradora que a veces desprende la vida. Al principio no me di cuenta. Iba leyendo el periódico por el final. Con mi torpeza habitual para pasar de página -deberían ver los chochos que formo-, pero ella me hizo así en el hombro. Y me giré. Y la vi. Tantos años después. Imagínense. Me quedé sonado. Escuchaba al árbitro decir aquello de: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete... Y a punto estuvo de sonar la campana. Pero entonces me incorporé. Agité la cabeza como queriendo colocarme la vista. Y exclamé en mitad de un vagón abarrotado: "Pero tú, pedazo de cabrona". Fue lo que me salió. Digamos que también estaba leyendo nuestra relación por el final. Si hubiera empezado por el principio habría visto la bandera norteamericana ondeando en Cuba. Como símbolo del deshielo. O a ella y a mí compartiendo una litrona. Tirados en el césped. Como dos comunistas -¿quién no lo es a los 20 años?- en celo. Pero no fue el caso. A veces la realidad va mas lenta que el periodismo.

Ella se quedó más sorprendida que yo, les digo. Me miró con esa cara que solía poner a veces. Y se levantó. Aunque esta vez no la seguí con la vista; fue todo más fácil de lo que pensaba salvo por el temblor de piernas. Volví a mi lectura. Y ya no me despegué de ella hasta mi parada. Frente a mí había una señora que no desfrunció el ceño hasta que llegó a su casa, imagino. Pero todo esto tiene su explicación. Verán. No creo en los indultos sentimentales. O al menos no en todos los casos. Yo mismo la he cagado con alguna que otra ex. Y no me habla. Y lo entiendo. No siempre se acierta. Y otras se falla -o se folla- a conciencia. Quiero decir que asumo mi parte de culpa; mi granito de arena en la historia universal del desamor. Con otras, en cambio, fue diferente. Y ahí están. De vez en cuando quedamos y más que dos ex parecemos dos antepasados. Cuesta, de hecho, recordar que debajo de toda esa ropa hubo una vez un tesoro. Fragmentos de nosotros; piezas que conformaron algo en común. Como esas iglesias antiquísimas que aparecen de pronto en mitad de la Puerta del Sol. ¿Y esto ha estado siempre aquí? Hay personas, en fin, que duelen menos que otras. Y ella, la del Metro, me hizo papilla. Y además no creo tampoco en todo este buenismo que permite que los malhechores sigan desenamorándose a sus anchas. ¿Pero esto qué es? 


Me van a disculpar. Pero eso de olvidarse del daño me parece una pamplina. Lo de enterrar ciertos recuerdos. ¿Pero qué me estás contando? Lo que hay que hacer, me temo, es acomodar el golpe. Cicatrizar. Aprender. Seguir, en definitiva. ¿Pero obviar que fuiste la peor persona que he conocido en mi vida? Ni por asomo. No pienso darte el gusto de saberte prescrita. Y naturalmente te deseo lo peor. Todavía hoy. La duda ofende. No caerá el muro de Berlín entre tú y yo. No es rencor. Es perspectiva. Y además las canciones que se escriben para ajustar cuentas son siempre las mejores. Y tú, desde luego, te pareces bastante a Satán.

viernes, 10 de julio de 2015

Intercambiables

Fotograma de la película 'Casablanca'
A mí la expresión "fácilmente intercambiable" me produce pavor. Creo que es lo peor que se puede ser en la vida: fácilmente intercambiable. Sin matices ni aristas distintas. Sin algo, en fin, que te defina. Que te haga diferente. Y al otro, tener que empujar -o afinar- algo más para sustituirte sin que se le desmonte el puzzle. Fácilmente intercambiable. Dios. Qué horror. Y es una expresión que sin embargo escucho mucho. Sobre mucha gente que continúa en su puesto de trabajo o sale de la vida de los demás sin que se note. Sin un minuto de silencio. Una lágrima. O una cara, al menos, de asombro. Algo que resalte. Que diga: esto es lo que fuimos. Ahora, supéralo. Pues no. Creo, vaya, que hay un afán por encajar. Supongo que por comodidad. Para no echar de menos lo anterior. Sucede en la música, por ejemplo. Cuando un cantante deserta. Y buscan a otro u otra con la misma tonalidad. ¿Se dice tonalidad? Bueno, ya me entienden. Esa manera de no querer reconocer que aquí ha pasado algo.

Yo no soy celoso. Lo fui una vez solamente. Y fue por esto mismo. Cuando mi ex me presentó a su novio, pensé: "Es un gilipollas. Y además está pasado de kilos". Pero no lo era. Es más. Tenía mis mismos gustos. Mi mismo humor. Fumaba mi mismo tabaco. Era, joder, un tío de puta madre. Y además cenaba fuerte. Como yo. Nada de ligerezas. El caso es que aquella noche les pagué la cena. Por supuesto. Y luego él hizo lo propio con las copas. Bebimos y brindamos. Mientras ella nos miraba y sonreía. "Es increíble lo bien que os lleváis", nos dijo desde la puerta del garito. Hacía un frío de mil demonios. Y no tardó en entrar de nuevo. Su chico, al percatarse, me ofreció el último cigarrillo. 


- No, para ti. Que yo además lo había dejado

- Insisto.

Me dio fuego. Esperó, muy educado, a que expulsara el humo. Y entonces me confesó al oído: "Cuando te vi, pensé que eras un gilipollas. Pero no es así". Sonreí. Y fumamos los dos en silencio; tenía una pitillera entera en el abrigo. Podíamos habernos ido caminando entre la espesa niebla perfectamente. Como en el final de Casablanca. Pero quienes se fueron juntos fueron ellos dos, naturalmente. No sabría cómo explicarlo. Tuve celos, ya les digo. Celos de no ser yo quien caminara cuesta arriba aquella madrugada. Después de todo éramos fácilmente intercambiables. No se hubiera notado. 

viernes, 3 de julio de 2015

Derecho al olvido

Fotograma de '¡Olvídate de mí!'
Hace unas semanas, escuché tu risa en YouTube. Han pasado algunos años. Pero la reconocería aunque hubiesen pasado siglos. Era un vídeo casero de un concierto al que fuimos. Me dio por buscar la canción y apareciste, ya ves, por la puerta de mi cuarto. Otra vez. Riendo por alguna ocurrencia mía. Viéndolo ahora, el chiste del cantante no era tan bueno. Pero tú te reíste con el mismo entusiasmo que ponías para todo. Te busqué luego en Google para ver si además encontraba tu boca. Puse tu nombre entrecomillado. Como sosteniendo ese pasado en común. Encontré tus notas de la facultad. Y un enlace a LinkedIn sin foto. Cuando rompimos, ninguno de los dos quiso hacerse responsable. Ahora leo que lo eres. Es curioso. Esto de las rupturas en la era digital. Borramos cualquier tipo de rastro biológico. Saliva. Sudor. Vello. O también de celulosa. Y de tejidos industriales. Todo aquello, vaya, que nos pueda hacer dudar. Pero tu nombre me devolvió más de 500.000 resultados. 500.000 maneras de que pudieras ser tú. De saber de ti. Durante este tiempo, no he olvidado jamás ni tu risa ni los últimos tres dígitos de tu móvil. Esto último por seguridad emocional, se entiende. Por si la nostalgia se ponía a tiro. Creía, en fin, que la situación estaba controlada. Hasta que te escuché reír. Nueve años después. Lo peor es que ahora el algoritmo de Facebook me sugiere a veces tu nombre y me quedo un rato mirándote.